Una pregunta acertada, una respuesta equivocada
JUEVES DE LA PRIMERA SEMANA DEL TIMEPO ORDINARIO
1 Samuel 4, 1-11
El pueblo
de Israel acaba de sufrir una derrota dolorosa.
Cuatro mil hombres han caído en el campo de batalla.
No es solo una derrota militar; es una herida espiritual.
Y entonces
surge la pregunta correcta.
Una pregunta honesta, profunda, inevitable:
“¿Por
qué el Señor ha permitido que hoy seamos derrotados?”
Es una
buena pregunta.
No es cínica.
No es superficial.
Es la pregunta que nace cuando algo no encaja, cuando la fe se sacude, cuando
la realidad duele.
El problema
no fue la pregunta.
El problema fue la respuesta que eligieron.
En lugar de
entrar en un examen de conciencia,
en lugar de revisar su relación con Dios,
en lugar de preguntarse por su fidelidad, su justicia, su manera de vivir la
alianza,
deciden una solución rápida:
“Traigamos
el arca. Que vaya con nosotros a la batalla y nos salve.”
El arca,
signo de la presencia de Dios,
es sacada del santuario y llevada al campo de guerra
como si fuera un objeto de poder,
como si bastara tenerla cerca para garantizar la victoria.
Y al
principio parece funcionar.
El pueblo grita, la tierra tiembla,
los filisteos se asustan.
Incluso ellos creen que “los dioses han llegado al campamento”.
Pero la
historia da un giro brutal.
Los
filisteos reaccionan.
Pelean con más fuerza.
Y el resultado es devastador:
treinta mil muertos,
el arca capturada,
los hijos de Elí muertos.
La pregunta
era correcta.
La respuesta fue profundamente equivocada.
Israel
confundió la presencia de Dios con un amuleto.
Confundió la fe con un mecanismo de protección.
Pensó que podía invocar a Dios sin volver a Él.
Usar sus signos sin cuidar la relación.
Y esa
tentación no pertenece solo al pasado.
También hoy
podemos hacernos preguntas muy acertadas:
—¿Por qué mi vida no avanza?
—¿Por qué esta situación no cambia?
—¿Por qué siento que Dios no está?
Pero a
veces respondemos mal.
Cuando buscamos soluciones religiosas rápidas
sin conversión.
Cuando usamos la fe como seguro espiritual
pero no como relación viva.
Cuando queremos a Dios cerca en los momentos difíciles
pero lejos de nuestras decisiones,
de nuestra ética,
de nuestras prioridades.
El arca
puede estar en el campamento,
pero si el corazón está lejos,
no hay victoria que dure.
Esta
lectura no nos acusa.
Nos invita a algo más honesto:
a no usar a Dios,
sino a volver a Él.
Porque Dios
no es un objeto que se transporta.
Es una presencia que transforma.
Y solo transforma
a quien decide caminar realmente con Él.

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