Cuando olvidamos quiénes somos
La tentación de ser como los demás
Hay momentos en la historia en los que una decisión parece razonable, incluso necesaria,
pero en el fondo es una crisis de identidad.
Eso es lo que escuchamos hoy.
Israel no llega dividido.
Llega unido.
Los ancianos van juntos, con una petición clara, lógica, bien pensada:
“Danos un rey, como lo tienen los demás pueblos”.
No piden abandonar a Dios.
No dicen que ya no crean.
Solo quieren algo visible, algo que se pueda señalar, medir, controlar.
Están cansados de la incertidumbre,
cansados de depender de una voz que no se ve,
cansados de caminar por fe.
Y Samuel entiende algo más profundo que la petición.
Por eso se entristece.
No porque pierda poder,
sino porque percibe lo que Dios mismo le revela:
“No te rechazan a ti; me rechazan a mí como rey”.
La crisis no es política.
Es espiritual.
Israel deja de preguntarse quién es
y empieza a preguntarse cómo parecerse a los demás.
Samuel hace lo que debe hacer un profeta: advertir.
No endulza la verdad.
Les dice el precio del rey que desean:
tomará hijos, tomará hijas, tomará tierras, tomará libertad.
Les dice algo todavía más fuerte:
“Un día clamarán al Señor… y el Señor no responderá”.
Pero el pueblo insiste.
Porque cuando el miedo manda, la memoria se debilita.
Cuando el miedo manda, olvidamos de dónde venimos,
olvidamos quién nos ha guiado,
olvidamos que nunca estuvimos solos.
Y Dios permite la elección.
No como castigo inmediato,
sino como pedagogía.
A veces Dios no impide nuestras decisiones,
porque solo viviéndolas comprendemos su peso.
Aquí el viajero eterno aprende algo esencial:
no todo lo que pedimos con insistencia nos da vida.
A veces pedimos seguridad,
y perdemos confianza.
Pedimos control,
y perdemos libertad.
Pedimos parecer fuertes,
y olvidamos que nuestra fuerza estaba en caminar con Dios.
Esta historia no habla solo de Israel.
Habla de nosotros.
De cuando preferimos modelos ajenos en lugar de nuestra vocación.
De cuando queremos ser como los demás
y dejamos de escuchar la voz que nos llama por nuestro nombre.
El verdadero peligro no es no tener rey.
El verdadero peligro es olvidar quién reina.
Y toda crisis de identidad comienza ahí:
cuando cambiamos la fe por control,
y la confianza por miedo.

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