Cuando el cansancio se vuelve un lugar de encuentro con Dios

 

Cuando el cansancio se vuelve un lugar de encuentro con Dios

 




Hermanos, todos conocemos el cansancio.
El cansancio del cuerpo, el cansancio del alma, el cansancio que uno siente en los huesos, en la mente, en el corazón. Isaías lo reconoce con mucha honestidad: “Hasta los jóvenes se cansan y se rinden; los más valientes tropiezan y caen.”

La Biblia no maquilla esta experiencia.
No dice que el que cree nunca se cansa.
Al contrario: el cansancio es parte del camino humano… y también del camino espiritual.

Y aquí aparece la primera luz del texto:
el cansancio no es un signo de poca fe.
Es, más bien, el lugar donde la fe comienza a hablar.

Porque cuando uno está agotado, cuando siente que ya no tiene fuerzas, allí descubre que necesita apoyarse en Otro. Descubre que no camina solo. Descubre que la vida espiritual no es un concurso de resistencia, sino una relación de confianza.

Isaías nos lo recuerda: “Él da vigor al fatigado y al que no tiene fuerzas, energía.”
Me conmueve pensar en tantas personas mayores que siguen haciendo esfuerzos por venir a misa, por servir, por ayudar. Los años les quitan velocidad, pero no les apagan el corazón.
Y verlos a veces tan cansados, pero todavía firmes, a mí me anima.
Porque allí uno entiende que hay una fuerza que no viene de uno mismo.
Es Dios quien sostiene cuando las fuerzas humanas ya no alcanzan.

Y aquí llegamos a la invitación central del texto:
“Alcen los ojos a lo alto.”

Cuando estamos cansados, lo primero que se empequeñece es la mirada.
Solo vemos el peso, el problema, la carga.
No vemos lo que camina con nosotros.

Levantar la mirada no es negar el cansancio, no es hacer de cuenta que no pesa.
Es recordar quién sostiene el cielo,
quién sostiene la historia,
quién sostiene nuestra vida.

La fe comienza con ese movimiento de ojos: pasar de ver solo la carga a ver también al Dios que nos acompaña.

Y el Evangelio completa esta imagen con un rostro concreto.
Jesús dice:
“Vengan a mí los que están fatigados y agobiados, y yo los aliviaré.”

La voz de Isaías nos dice “mira hacia arriba”.
La voz de Jesús nos dice “ven hacia mí”.
Es la misma esperanza, pero ahora tiene un nombre, un corazón, un yugo suave.

Él no promete una vida sin peso.
Promete algo mejor:
que la carga compartida se vuelve ligera.
Que la vida, cuando se lleva con Él, deja de rompernos y empieza a sostenernos.

Y la lectura termina con una de las imágenes más hermosas de toda la Escritura:
“Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas; les nacen alas como de águila.”

Es decir: el cansancio no es el final.
El cansancio, puesto en manos de Dios, se transforma.
No desaparece…
pero se vuelve vuelo.

Hoy, el Señor nos invita a hacer esto sencillo y profundo:
Reconocer nuestro cansancio,
levantar la mirada,
ir hacia Cristo,
y dejar que Él renueve nuestras fuerzas.

Porque a veces Dios no quita la carga…
te da alas.

 

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