“¿Quién soy… y de quién soy?”
Sábado, 2 de enero de 2026
A lo largo
de la vida nos hacemos muchas preguntas. Algunas aparecen cuando somos jóvenes;
otras, cuando el camino se vuelve más complejo. Pero hay una que nunca
desaparece.
La gran
pregunta del ser humano no es, en el fondo, qué hace, ni qué tiene, ni siquiera
qué piensa.
La gran pregunta que atraviesa la vida entera es siempre la misma: ¿quién
soy?
Es una
pregunta profunda, exigente, y no siempre fácil de responder. Por eso, muchas
veces, cuando se nos hace difícil descubrir quiénes somos realmente, terminamos
cambiando la pregunta por otra más cómoda: ¿a quién me parezco?
Nos definimos por comparación, por etiquetas, por categorías rápidas. Y lo
mismo hacemos con los demás.
Vivimos en
una sociedad que se ha vuelto perezosa para conocer a las personas. Conocer
exige tiempo, escucha, paciencia. En cambio, clasificar es rápido. Así decimos:
este es bueno, este es malo; este es tradicional, este es liberal; este es
interesante, este es aburrido. Y creemos que con eso ya entendimos quién es el
otro. Pero las categorías tranquilizan… aunque muchas veces nos quitan la
verdad.
En el primer
capítulo del Evangelio de san Juan (Jn 1,19–28) aparece Juan el Bautista
frente a las autoridades religiosas enviadas desde Jerusalén. Lo interrogan con
insistencia porque quieren saber quién es realmente. Pero, en el fondo, buscan
encasillarlo, ponerle un título conocido, ubicarlo dentro de una categoría ya
establecida: ¿eres el Mesías?, ¿eres Elías?, ¿eres el profeta?
Juan
responde con una claridad impresionante: “No soy.”
No acepta una identidad que no le pertenece. No se deja definir por las
expectativas de otros. Sabe quién no es, y esa claridad interior lo hace libre.
Libre para no buscar protagonismo, libre para no vivir de apariencias, libre
para cumplir su verdadera misión.
Y entonces
pronuncia una frase decisiva: “Hay uno en medio de ustedes a quien no
reconocen.”
Cristo está presente, está actuando, está pasando por la historia concreta de
las personas… y, sin embargo, puede quedar sin ser reconocido. No porque esté
lejos, sino porque muchas veces estamos distraídos, ocupados o esperando algo
distinto de Él.
Esa misma
profundidad aparece en la carta de san Juan (1 Jn 2,22–28), cuando se
nos dice con palabras muy claras que quien niega al Hijo se queda sin el Padre,
y que quien confiesa al Hijo vive en comunión con Dios. Ahí la identidad ya no
se presenta como una definición psicológica ni como una idea abstracta, sino
como una relación viva. Por eso, en ese texto, todo se sostiene en una
palabra sencilla y exigente a la vez: permanecer.
Permanecer
no significa no dudar, no cansarse, no atravesar crisis. Permanecer significa no
romper la relación, no negar a Aquel que nos ha dado vida, no avergonzarnos
de su nombre. Significa dejar que lo recibido desde el principio siga habitando
en nosotros y dé forma a nuestra vida.
Aquí
aparece una verdad profunda y liberadora: al final, lo que da claridad a
nuestra existencia no es solo quién soy, sino de quién soy. La
identidad cristiana no nace del espejo ni de la comparación con otros. Nace de
la pertenencia. Nace de saber en quién permanecemos.
Por eso san
Juan habla de confianza y no de miedo. El que permanece en Cristo no vive
avergonzado; vive confiado, incluso ante su manifestación final, porque sabe a
quién pertenece.
Tal vez no
tengamos todas las respuestas claras sobre quiénes somos. Tal vez seguimos
buscándonos, creciendo, aprendiendo. Pero la fe nos ofrece algo firme y
luminoso: saber de quién somos.
Y cuando uno sabe a quién pertenece, puede vivir con verdad, con humildad y con
esperanza. Porque quien permanece en Cristo, permanece en la vida.

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