“Quien ama a Dios, debe amar también a su hermano”
ENERO 8
La frase es breve,
pero no es cómoda.
No es una frase para adornar un discurso.
Es una afirmación que nos coloca frente a la verdad de nuestra fe:
“Quien ama a Dios,
debe amar también a su hermano.”
San Juan no habla
en condicional.
No dice sería bueno, ni convendría.
Dice debe.
Y esa palabra no es una amenaza; es una consecuencia.
Primero, esta frase
afirma algo fundamental:
el amor a Dios no es una idea abstracta ni un sentimiento privado.
Es una realidad que se verifica en la vida concreta.
Amar a Dios no
consiste solo en rezar, en creer, en participar en ritos.
Todo eso es importante, pero no suficiente.
El amor verdadero siempre busca un lugar donde expresarse,
y ese lugar —nos dice la Escritura— es el hermano.
El hermano no es
una distracción en el camino hacia Dios.
Es el camino mismo.
Con su historia, su fragilidad, su manera de ser.
Ahí el amor a Dios se hace visible.
Por eso esta frase
afirma que la fe cristiana es encarnada.
Dios no se ama desde la distancia.
Se ama en el trato, en la paciencia, en el perdón, en la misericordia
cotidiana.
Pero esta misma
frase también cuestiona, y lo hace con fuerza.
Cuestiona una
religiosidad que se queda en lo interior,
una fe que habla mucho de Dios, pero poco con las personas.
Cuestiona la tentación de amar a Dios
mientras evitamos al hermano porque es difícil, incómodo o distinto.
San Juan es muy
claro:
si no somos capaces de amar al hermano que vemos,
¿cómo podemos decir que amamos a Dios, a quien no vemos?
Esta frase
cuestiona una fe que busca a Dios
pero huye del conflicto humano,
una espiritualidad que se refugia en lo espiritual
para no entrar en la complejidad de las relaciones reales.
Porque amar al
hermano no es fácil.
El hermano puede herir.
Puede fallar.
Puede no responder como esperamos.
Pero precisamente
ahí se prueba el amor.
Esta frase nos
revela una verdad profunda y exigente:
no amamos a Dios mejor que a las personas que tenemos delante.
Nuestro amor a Dios tiene el rostro del prójimo.
Por eso el
cristianismo no ofrece un amor sin riesgo,
sino un amor que se vive en medio de la vida,
con todo lo que eso implica.
Hermanos, esta
palabra no viene a acusarnos.
Viene a orientarnos.
Nos recuerda que la
fe auténtica no se encierra,
no se protege del otro,
no se vive sin compromiso.
Quien ama a Dios,
debe amar también a su hermano.
No como una carga
pesada,
sino como la única manera de que el amor a Dios sea verdadero.
Porque donde el
amor se hace concreto,
ahí Dios permanece.
Amén.

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