“Los tres testigos del amor de Dios”

(1 Juan 5,5–13)

 


La primera carta de San Juan nos presenta hoy una afirmación que puede parecer extraña, pero que es profundamente reveladora:
“Los testigos son tres: el Espíritu, el agua y la sangre. Y los tres están de acuerdo.”

San Juan no está usando un lenguaje poético sin más.
Está defendiendo el corazón de nuestra fe.

En su tiempo circulaban ideas que decían que Jesús era divino solo en apariencia, que el “Cristo” descendió sobre Él en el bautismo, pero lo abandonó antes de la cruz. Aceptaban un Jesús luminoso y espiritual, pero rechazaban al Jesús que sufre, que sangra y que muere.

San Juan responde con firmeza:
no hay dos Jesús distintos.
No hay un Cristo glorioso separado del Cristo crucificado.

Por eso habla de tres testigos que dan un mismo testimonio.

El primero es el agua.
El agua nos lleva al bautismo de Jesús en el Jordán. Allí comienza su misión. Allí el Padre lo revela como su Hijo. El mismo Jesús que fue bautizado es el Hijo de Dios. No fue un momento pasajero ni una apariencia espiritual.

El segundo testigo es la sangre.
La sangre nos lleva directamente a la cruz. A la muerte real de Jesús. Aquí está el punto más fuerte del mensaje: el Hijo de Dios no huyó del sufrimiento. No se retiró cuando amar se volvió costoso. Su amor llegó hasta el extremo, hasta la entrega total de la vida.

El tercer testigo es el Espíritu.
El Espíritu es quien da testimonio interior en la Iglesia, quien sostiene nuestra fe, quien nos permite reconocer que el Jesús bautizado y el Jesús crucificado son el mismo Señor. El Espíritu confirma que todo esto es verdad y que este amor sigue vivo hoy.

Y San Juan añade una frase clave:
“Los tres están de acuerdo.”

No hay contradicción entre el Jesús de la gloria y el Jesús de la cruz.
No hay un Cristo espiritual sin carne.
No hay fe verdadera sin encarnación.

Dios no nos salvó desde lejos.
Nos salvó entrando plenamente en la condición humana.
Con agua y con sangre.
Con vida entregada.

Por eso este pasaje no es solo una explicación teológica. Es una invitación a revisar nuestra fe. También hoy existe la tentación de buscar un Dios sin cruz, una espiritualidad cómoda, una fe que no toque el dolor ni el compromiso.

Pero San Juan nos recuerda que el amor verdadero no se queda en palabras.
El amor verdadero se encarna.
Permanece.
Sangra si es necesario.

Y entonces el texto nos conduce a su conclusión:
quien cree en el Hijo tiene la vida.
No solo una promesa futura, sino una vida nueva que comienza ya.

Hermanos, esta es la buena noticia de hoy:
el amor de Dios no es una idea ni una ilusión.
Tiene testigos.
Tiene historia.
Tiene carne y sangre.

Y ese mismo amor, que se manifestó en Jesús, es el que hoy nos sostiene, nos perdona y nos llama a vivir como hijos de Dios.

Amén.

 

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