Hemos creído en el amor
Miércoles después de Epifania
Hay una frase que
se escucha con frecuencia, a veces dicha con ironía, otras con tristeza, y casi
siempre con cansancio:
“No me vuelvo a enamorar.”
La dicen personas
que han amado y han salido heridas.
Personas que confiaron y fueron defraudadas.
Personas que un día creyeron en el amor… y dejaron de creer.
Esa frase no habla
de falta de sentimiento, sino de miedo.
Miedo a volver a exponerse.
Miedo a sufrir otra vez.
Miedo a creer.
Y es precisamente
ahí donde la Palabra de hoy nos confronta con una afirmación sencilla y
profunda:
“Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en ese amor.”
San Juan no dice: hemos
entendido el amor,
ni hemos explicado el amor,
ni hemos merecido el amor.
Dice: hemos creído.
Creer en el amor no
es ingenuidad.
Es una decisión interior.
Es elegir no vivir encerrados en la desconfianza.
Es atreverse a seguir abiertos, aun sabiendo que amar siempre implica riesgo.
Muchas veces,
cuando alguien dice “no me vuelvo a enamorar”, en realidad está
diciendo:
“No quiero volver a sufrir.”
Pero el Evangelio nos propone algo más profundo: no dejar que el miedo
gobierne la vida.
Dios no nos pide
creer en un amor ideal o romántico.
Nos invita a creer en su amor:
un amor que no huye cuando duele,
que no se retira cuando es rechazado,
que permanece incluso cuando no es correspondido.
Por eso San Juan
afirma con tanta fuerza:
“Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.”
No quien nunca fue herido,
sino quien decide permanecer.
Y al final de la
lectura aparece una de las frases más liberadoras de toda la Escritura:
“En el amor no hay temor; el amor perfecto expulsa el temor.”
San Juan no está
diciendo que el amor verdadero no sufra.
Está diciendo que ya no vive dominado por el miedo.
El temor nace
cuando creemos que todo depende de nosotros,
cuando sentimos que perder el amor es perderlo todo.
Pero quien ha creído en el amor de Dios sabe algo distinto:
que su valor no depende del éxito,
que su dignidad no depende de ser aceptado,
que su vida no está en juego cada vez que ama.
Por eso el texto
añade:
“El temor supone castigo; por eso quien teme no ha llegado a la plenitud del
amor.”
El miedo nos hace vivir como si cada error fuera una condena.
Pero el amor de Dios no castiga.
Sostiene.
Levanta.
Permite volver a empezar.
Ese amor no quita
las cicatrices,
pero les quita el poder.
No elimina el dolor,
pero elimina el dominio del miedo.
Y por eso —dice San
Juan— el amor llega a su plenitud cuando podemos esperar con tranquilidad.
Incluso el futuro.
Incluso el juicio.
Porque quien ha
creído en el amor aprende a vivir como vivió Jesucristo:
con el corazón abierto,
con confianza en el Padre,
sin dejar que el temor tenga la última palabra.
La fe cristiana no
es repetir: “no me vuelvo a enamorar”.
Es atrevernos a decir, aun con heridas y cicatrices:
“Hemos creído en el
amor.”
Y en ese amor…
ya no hay temor.

Comentarios
Publicar un comentario