«El Cordero de Dios en un mundo que ya no habla del pecado»
«El Cordero de Dios
en un mundo que ya no habla del pecado»
II Domingo del
Tiempo Ordinario
Las lecturas de hoy
nos colocan ante una pregunta decisiva para nuestro tiempo:
¿qué significa que Jesús sea el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo, en una sociedad que ya no se interesa por el pecado?
Juan el Bautista
señala a Jesús y no dice: “este es un gran maestro”, ni “este es un ejemplo
moral”, sino algo mucho más radical: “Este es el Cordero de Dios”. Es
decir, aquel que entra en la historia humana para cargar con lo que la
humanidad no puede resolver por sí sola: el pecado, entendido no solo como
faltas personales, sino como una herida profunda que atraviesa a las personas,
las relaciones y las estructuras del mundo.
El problema es que
hoy vivimos en una cultura donde el pecado ha desaparecido del lenguaje común.
No porque haya menos mal, sino porque se ha perdido la categoría para
nombrarlo. El filósofo Charles Taylor describe nuestra época como una
“edad secular”, en la que el horizonte de Dios ya no es evidente. Cuando el
pecado se trivializa o se niega, Dios deja de ser necesario. Y si no hay
pecado, tampoco hay necesidad de salvación. Entonces Jesús queda reducido a un
personaje inspirador, pero ya no al Salvador.
Sin embargo, la
realidad nos contradice. Vivimos en un mundo herido por la violencia, la
injusticia, la exclusión y la indiferencia. No hemos dejado de pecar; hemos
dejado de llamarlo por su nombre. Y cuando el pecado se disuelve en
explicaciones sociológicas o psicológicas, el ser humano queda solo frente a su
culpa, sin redención posible.
Ahí cobra fuerza la
segunda lectura. San Pablo saluda a los corintios llamándolos “santificados
en Cristo Jesús, llamados a ser santos”. No dice: “los que ya son
perfectos”, sino los que han sido alcanzados por la gracia y están en camino.
La santidad no es un premio automático, ni un estado que se concede al morir.
Es un proceso, una transformación lenta, a veces dolorosa, que incluye purificación,
conversión y crecimiento.
Por eso es
importante decirlo con claridad: no todos los que mueren llegan
inmediatamente a la plenitud de Dios como si nada hubiera pasado. La
santidad es un camino que comienza aquí y que, para muchos, continúa más allá
de esta vida. Dios nos quiere plenamente vivos, plenamente libres, plenamente
purificados para su gloria.
Isaías lo decía con
fuerza: no basta con restaurar a Israel; el siervo está llamado a ser luz
para las naciones. Y el salmo pone en nuestros labios la respuesta
adecuada: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. No sacrificios
vacíos, sino un corazón disponible.
Hoy, volver a
hablar del pecado no es retroceder; es recuperar el sentido de la gracia.
Y volver a hablar de santidad no es idealismo; es recordar que hemos sido
llamados a algo grande: dejar que Dios quite el pecado del mundo, empezando por
nuestro propio corazón.

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