Cuando Jesús pasa, nada queda igual
III Domingo del Tiempo Ordinario
Cuando Jesús pasa, nada queda igual
Hermanos y hermanas,
El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús en movimiento.
Jesús no se instala.
No espera en un lugar sagrado a que la gente venga a buscarlo.
Jesús pasa.
Y cuando pasa, pone la vida en movimiento.
“Pasar” es uno de los verbos clave de la Encarnación. Dios no permanece distante en el cielo. Desciende. Camina entre nosotros. Entra en el terreno real de la vida humana. Y cuando Dios pasa por la vida de alguien, esa persona no puede quedarse igual. No hay terreno neutral.
Por eso Jesús no llama a sus discípulos en el Templo, sino a la orilla del mar de Galilea. No durante la oración, sino en medio del trabajo. No en el silencio, sino entre redes, barcas y faenas cotidianas. Así ha actuado siempre Dios. Moisés cuidaba ovejas. David apacentaba el rebaño de su padre. Amós era agricultor. Dios no espera a que la vida sea perfecta. Entra en la vida tal como es.
El Evangelio nos dice algo muy sencillo: Jesús vio y Jesús dijo.
Una mirada y una palabra.
Su mirada no es distante ni casual. Es una mirada que reconoce, que elige, que saca a alguien del anonimato. Y su palabra no es larga ni complicada. Es directa: «Sígueme».
Aquí comienza toda vocación cristiana: dejarnos ver y dejarnos llamar. La iniciativa no es nuestra. No somos nosotros los que primero buscamos a Dios; es Dios quien viene a buscarnos. Nuestra fe no es una decisión independiente; es una respuesta.
Y esa respuesta implica un verbo fuerte: dejar.
Dejan las redes. Dejan la barca. Incluso dejan al padre. No porque esas cosas sean malas, sino porque ya no pueden ocupar el centro. Dejar no significa huir; significa hacer espacio. No dejamos por dejar. Dejamos para seguir.
Un discípulo no es alguien que ha perdido algo, sino alguien que ha encontrado a Alguien. La renuncia no es la meta; es la condición del discipulado. Cuando Cristo ocupa el centro, todo lo demás encuentra su lugar.
San Pablo nos recuerda hoy que cuando Cristo deja de ser el centro, aparece la división. Cuando Cristo es reemplazado por preferencias, etiquetas o personas, la comunidad se fractura. Pero Cristo no está dividido, y su llamada es siempre una llamada a la unidad.
Hoy, igual que entonces, Jesús sigue pasando. Pasa por nuestras rutinas diarias, por nuestro trabajo, por nuestro cansancio, por nuestras preguntas sin respuesta. Nos mira. Y nos habla.
La pregunta no es si Jesús pasa.
La pregunta es si estamos dispuestos a movernos con Él.
Al escuchar hoy su Palabra y al recibir el Pan de la Eucaristía, pidamos la valentía para soltar lo que nos ata y la confianza para seguir a Aquel que nos llama.
Porque cuando Jesús pasa, nada queda igual.

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