“Cuando Dios escucha lo que nadie quiere oír”
Martes I del Tiempo Ordinario
Hermanos y
hermanas,
La Palabra que hoy
hemos escuchado nos lleva a un momento decisivo de la historia de Israel,
aunque exteriormente no lo parezca. Nos sitúa en el santuario de Siló, antes de
que existiera la monarquía, en un tiempo de transición, de desgaste y de
confusión. Israel no tenía rey, el pueblo vivía dividido, y los líderes
religiosos estaban cansados. La Escritura misma lo dice con claridad: la
palabra del Señor era rara en aquellos días.
No es un tiempo
glorioso. No hay grandes gestas ni claridad espiritual. Es un tiempo en que las
estructuras siguen funcionando, pero el corazón del pueblo está debilitado. Y
es precisamente en ese contexto —no en el esplendor, sino en la fragilidad—
donde Dios comienza algo nuevo.
Ana es una mujer
marcada por el dolor. Su esterilidad no es solo un sufrimiento íntimo; en su
cultura es una herida pública, una carga social, una humillación constante.
Ella lleva dentro una pena que no sabe expresar con palabras ordenadas. Por eso
su oración no es bella ni ejemplar. Es una oración quebrada. Sus labios se
mueven, pero no sale la voz. La Escritura dice que está desahogando su alma
delante del Señor.
Y aquí aparece un
detalle importante: Elí, el sacerdote, el hombre encargado de discernir las
cosas de Dios, no entiende lo que ve. Juzga mal. Confunde el dolor con
embriaguez. En un tiempo en que la palabra de Dios escasea, incluso los
responsables del culto han perdido sensibilidad espiritual.
La Palabra nos
muestra algo muy real: a veces, ni siquiera los espacios religiosos saben
reconocer el sufrimiento auténtico. Y, sin embargo, Dios sí lo reconoce.
Ana no responde con
violencia ni con orgullo. Dice simplemente la verdad: “Estoy hablando movida
por mi dolor y por mi pena.” Y ese momento es clave. Elí, aun sin
comprender plenamente, la bendice. Y entonces ocurre algo que el texto describe
con una frase muy sencilla y muy profunda: “Su rostro no era ya el mismo de
antes.”
Nada ha cambiado
por fuera. Ana todavía no está embarazada. No hay señales visibles. Pero algo
ha cambiado por dentro. Porque la fe no comienza cuando todo se soluciona, sino
cuando el dolor deja de vivirse en soledad delante de Dios.
De esa oración
silenciosa nace Samuel. Y aquí conviene detenernos un momento. Samuel no será
solo el hijo de Ana. Será una figura decisiva en la historia del pueblo. Será
el último de los jueces, el profeta que escuchará de nuevo la voz de Dios
cuando parecía haberse apagado. Él ungirá a los primeros reyes de Israel. Él
recordará al pueblo que Dios sigue siendo el verdadero Señor de la historia.
Dios inicia la
renovación de todo un pueblo escuchando primero el llanto silencioso de una
mujer herida.
Hermanos, esta
Palabra nos toca hoy. Muchos vivimos tiempos parecidos: cansancio personal,
heridas familiares, comunidades que sienten desgaste, preguntas sin respuesta.
Y quizá nuestra oración ya no es segura ni ordenada. Quizá es torpe,
repetitiva, cansada.
La Palabra de hoy
nos dice: esa oración también llega a Dios.
Dios no espera
discursos perfectos. No espera que tengamos todo claro. Dios escucha cuando el
alma se presenta tal como está. Y desde ahí comienza a gestar vida nueva,
aunque todavía no la veamos.
Pidámosle hoy la
gracia de no acostumbrarnos al dolor, ni propio ni ajeno. La gracia de
presentar nuestra vida con verdad delante del Señor. Y la confianza de saber
que, incluso cuando no entendemos lo que Dios está haciendo, Él ya está
obrando.
Porque Dios sigue
comenzando sus grandes obras allí donde alguien, en silencio, se atreve a orar
desde la verdad.
Amén.

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