Antes de los relojes
Desde los
orígenes de la humanidad, el ser humano ha levantado la mirada al cielo para
comprender el tiempo y el sentido de su propia historia. Mucho antes de los
relojes y los calendarios, fueron el sol, la luna y las estrellas los que
enseñaron a contar los días, a reconocer las estaciones, a esperar el momento
oportuno para sembrar, para partir, para volver.
El cielo
fue el primer gran libro abierto ante la humanidad. En él se aprendía que la
vida tiene ritmos, que no todo ocurre al azar, que hay un orden más grande que
nosotros mismos.
También el
pueblo de Israel miró el cielo, pero lo hizo de una manera muy particular. Para
Israel, los astros no eran dioses ni fuerzas que gobernaran el destino humano.
Eran signos. Señales silenciosas que marcaban los tiempos, pero que no
sustituían la voz de Dios. Por eso la Escritura dice que las lumbreras del
cielo sirven para señalar los días y los años, no para decidir la vida de las
personas. El cielo marca el tiempo, pero es Dios quien conduce la historia.
En este
horizonte se comprende la estrella de los Magos. Aquella estrella no aparece
como un fenómeno mágico ni como un horóscopo celestial. Aparece como un signo
que despierta la búsqueda. Los Magos leen el cielo, sí, pero no se quedan en
él. Se ponen en camino. Preguntan. Buscan. Caminan.
La estrella
no les revela todo; solo les dice que algo nuevo ha comenzado. Y cuando
finalmente llegan al encuentro con el Niño, la estrella desaparece. Porque
cuando la luz verdadera está presente, los signos ya no son necesarios.
Hoy
celebramos la Epifanía, la manifestación de Dios a todos los pueblos. Y lo
hacemos recordando que Dios sigue hablando a la humanidad, no desde el dominio,
sino desde los signos; no imponiéndose, sino invitando; no anulando nuestra
libertad, sino despertando el deseo de buscarlo.
Desde
esta experiencia de búsqueda iluminada por un signo, la Epifanía nos invita a
dar un paso más: comprender que la fe que nace del encuentro no es una idea que
se posee, sino un camino que se recorre. La estrella no fue una explicación
completa, sino una orientación suficiente. Y esa lógica —la de caminar guiados
por una luz que no controlamos— es la misma lógica de toda fe auténtica. Por
eso la Iglesia ha visto siempre en los Magos no solo figuras del pasado, sino
un espejo vivo del creyente y de la propia Iglesia en camino.

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