Cuando Dios obra sin ruido
Martes
de la III semana de Adviento
El profeta
Sofonías nos habla hoy de un resto pobre y humilde.
Y al meditar estas lecturas, pensaba que muchas veces Dios obra así: sin
ruido, sin espectáculo, sin llamar la atención.
Después de
denunciar a la ciudad orgullosa, autosuficiente y cerrada a Dios, el Señor hace
una promesa sorprendente:
“Yo dejaré en medio de ti un puñado de gente pobre y humilde.
Este resto de Israel confiará en el nombre del Señor.”
Cuando
escuchamos la palabra resto, solemos pensar en algo pequeño porque es
débil o insignificante. Pero en la Biblia no es así. El resto no es el que
fracasa; el resto es el que permanece fiel. Es el pueblo que no se
impone, que no presume, que no hace ruido, pero que sigue confiando en el
Señor.
El salmo
responde hoy con una certeza profunda:
“El Señor escucha el clamor de los pobres.”
No el ruido de los poderosos, no la voz de los que se justifican, sino el
clamor sencillo y perseverante de los que saben que necesitan a Dios.
Hace unos
días tuve la oportunidad de participar en una reunión con sacerdotes de
distintas partes de los Estados Unidos. Entre ellos, algunos presentaron la
experiencia pastoral de Las Vegas.
Y confieso que eso me ayudó mucho a entender esta Palabra de hoy.
Las Vegas
ha sido vista muchas veces como una ciudad de perdición, de pecado, como un
lugar donde parecería imposible vivir una auténtica vida de fe. Uno pensaría
que ahí no puede haber Evangelio, que ahí no puede haber Iglesia viva.
Y sin embargo, lo que estos sacerdotes compartían era una realidad muy
distinta: parroquias llenas, comunidades vibrantes, especialmente de
latinos —mexicanos, filipinos, vietnamitas—, gente sencilla, trabajadora,
profundamente creyente, iglesias abarrotadas, fe transmitida en familia.
Eso me hizo
pensar que, a veces, el resto del que habla Dios no es pequeño porque sean
pocos, sino porque no hacen ruido.
La fe de
muchos pueblos es así. No aparece en titulares, no se vuelve espectáculo, no se
exhibe. Es como un árbol que crece en silencio. Nadie oye el ruido de
sus raíces, nadie ve cómo se va afirmando bajo tierra. Pero poco a poco, con
constancia, con fidelidad, ese árbol crece… y da fruto.
Así es como
Dios construye su Reino.
El
Evangelio de hoy lo confirma con fuerza. Jesús dice que los publicanos y las
prostitutas se adelantaron en el camino del Reino de Dios, no porque fueran
mejores, sino porque se dejaron tocar, se arrepintieron, cambiaron.
Ellos no tenían prestigio ni seguridad religiosa, pero tenían el corazón
abierto. Ellos formaban ese resto humilde del que habla Sofonías.
Adviento
nos invita a mirarnos con sinceridad y a preguntarnos:
¿Estoy buscando hacer ruido, o estoy echando raíces?
¿Quiero aparecer, o quiero permanecer fiel?
¿Confío en mis seguridades, o confío verdaderamente en el Señor?
Quizá el
Reino de Dios no siempre se ve donde hay más ruido,
sino donde Dios sigue obrando en silencio:
en comunidades sencillas,
en familias que rezan,
en personas humildes que no presumen, pero creen.
Que este
Adviento nos encuentre formando parte de ese resto fiel,
que no hace ruido, pero da fruto;
que no se exhibe, pero confía;
que permanece en el nombre del Señor.
Porque Dios
no siempre hace ruido… pero siempre da fruto.

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