Permanecer o irse: la fe que resiste

Dia septimo de la octava de navidad


 Hay momentos en la vida en los que quedarse cuesta más que irse.

Momentos en los que seguir parece más pesado que empezar de nuevo.
Momentos en los que la fe, la vocación, la Iglesia o incluso una relación importante se sienten frágiles, cansadas, heridas.

En esos momentos, muchos se hacen la misma pregunta —aunque no siempre se atrevan a decirla en voz alta—:
¿vale la pena permanecer?

La Escritura no esquiva esta realidad. No idealiza la fe ni la comunidad. Al contrario, la nombra con una sobriedad casi desconcertante. La primera lectura de hoy dice algo fuerte, pero profundamente real:
“Salieron de entre nosotros…”

No como condena, sino como constatación. Desde el inicio de la historia de la fe, no todos los que están cerca permanecen. Algunos se van. Otros se cansan. Otros se pierden.

Pero es importante aclarar algo desde el comienzo: permanecer no significa no dudar. No significa no pasar por crisis, preguntas, decepciones o heridas. Permanecer significa algo más hondo: no romper la comunión, no cerrar definitivamente la puerta, no abandonar la relación.

Y aquí aparece una verdad aún más profunda:
la fe no comienza con nuestro esfuerzo por quedarnos,
comienza con el hecho de que Dios permanece con nosotros.

La primera lectura nos dice algo fuerte, pero muy real:
“Salieron de entre nosotros…”

Desde el inicio de la Biblia, incluso después de la caída de Adán y Eva, Dios no se cansa de buscar al ser humano. La Escritura está llena de este movimiento: Dios que sale al encuentro, que llama, que espera, que vuelve a tender la mano una y otra vez. Aunque el hombre se esconda, Dios sigue preguntando: “¿Dónde estás?”

Y cuando parecía que el ser humano se perdía definitivamente en sus propios caminos, Dios envía a su Hijo. No como reproche, sino como cercanía.
“El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros.”
Dios no se cansó de buscar al hombre.

Por eso la fe es como es. Porque viene de Dios.
La fe, el amor, la esperanza… no nacen solo de nuestra constancia, sino de la fidelidad de Dios. Incluso hoy, cuando nos equivocamos, cuando nos alejamos, cuando nos perdemos en este mundo, Dios sigue lanzando ese lazo invisible que nos permite volver.

Y aquí quisiera detenerme un momento en algo muy humano.
A veces la gente me pregunta si alguna vez he querido dejar el ministerio.
Si he tenido dudas.
Si me he cansado.

Y yo suelo responder con otra pregunta:
cuando ustedes iniciaron una relación,
cuando se casaron,
¿nunca han querido, en algún momento, dejarlo todo y desaparecer?
¿Nunca han sentido cansancio, desgaste, ganas de huir?

Porque la verdad es esta: el problema no es sentirse cansado.
Eso es profundamente humano.
La verdadera pregunta es:
¿qué nos permite permanecer cuando todo dentro de nosotros querría irse?

La vocación —cualquiera que sea— es un llamado poderoso,
pero Dios nunca la impone.
Dios nos da algo muy serio: la libertad de irnos.

Pero aquí está el misterio:
Dios no solo nos da la libertad de irnos,
nos da también la fe para quedarnos.

No porque seamos más fuertes,
no porque no dudemos,
sino porque Él permanece primero.

Y esto explica también la vida de la Iglesia. A lo largo de dos mil años ha habido crisis, divisiones, escándalos, cambios. Personas que se van. Personas que se quedan heridas. Y, sin embargo, la Iglesia permanece. No por perfección humana, sino porque la comunión es un don que viene de Dios.

Permanecer no es cerrar los ojos.
Permanecer es seguir caminando no por las personas, sino por Dios.

Y eso es lo que celebramos en Navidad:
un Dios que permanece con nosotros,
incluso cuando no lo reconocemos,
un Dios que ha puesto su morada entre nosotros
para que nunca estemos definitivamente perdidos.

La fe auténtica no es la que nunca duda,
sino la que permanece porque ha descubierto
que Dios nunca se fue.

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