No ficción: cuando Dios interviene en la historia
Viernes de la Tercera Semana de Adviento
El ser humano, a lo largo de la historia, tiende a cansarse de lo cotidiano. Cuando la vida parece repetirse, cuando las rutinas pesan y las respuestas no llegan, empezamos a buscar algo que nos saque de lo común. No siempre buscamos explicaciones profundas; muchas veces buscamos historias extraordinarias, relatos que nos entretengan, que nos hagan soñar, que nos devuelvan la sensación de que existe algo más grande que nuestra rutina diaria.
Por eso, el mundo contemporáneo está lleno de superhéroes. El cine, las series y las novelas nos presentan figuras con poderes extraordinarios, capaces de salvar al mundo, de vencer el mal con fuerza sobrehumana. Son personajes fascinantes, pero al final son ficticios: nacen de la imaginación humana para llenar un vacío, para responder al deseo de que alguien venga y nos rescate de lo que no podemos resolver por nosotros mismos.
Sin embargo, la Palabra de Dios hoy nos presenta algo mucho más sorprendente. No superhéroes de fantasía, sino personas reales, profundamente humanas, insertas en la historia concreta de la humanidad. La Escritura nos habla de Sansón y de Juan el Bautista, personajes que, paradójicamente, superan cualquier ficción, no por efectos especiales, sino por la manera silenciosa y poderosa en que Dios actúa en ellos.
Ambos comienzan su historia en un punto donde no se esperaba nada. En el libro de los Jueces se nos dice claramente que “su mujer era estéril y no había tenido hijos”. En el Evangelio, Lucas nos recuerda que “Elizabeth era estéril y ambos eran de edad avanzada”. La Biblia no disimula la fragilidad: la pone en primer plano. Donde el mundo ve límite, Dios ve posibilidad. Donde la historia parece cerrada, Dios abre un nuevo capítulo.
Y no solo abre un capítulo, sino que consagra la vida desde el inicio. De Sansón se dice: “El niño será consagrado a Dios desde el vientre materno”. De Juan el Bautista escuchamos algo aún más fuerte: “Estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre”. Antes de cualquier hazaña, antes de cualquier misión, está la iniciativa de Dios. No son héroes que se construyen a sí mismos; son vidas preparadas por Dios.
Aquí está la gran diferencia entre los héroes ficticios y los “héroes” bíblicos. Los primeros nacen de la imaginación humana; los segundos nacen de la promesa de Dios. Los primeros dependen de su fuerza; los segundos dependen del Espíritu. Sansón inicia la liberación de Israel; Juan el Bautista “prepara un pueblo bien dispuesto para el Señor”. Dios no improvisa la salvación: la prepara pacientemente, incluso en el silencio y la espera.
El salmo nos da la clave espiritual para leer todo esto cuando proclama: “Desde el vientre de mi madre tú eres mi fuerza”. La verdadera grandeza no nace del poder exterior, sino de una vida sostenida por Dios desde el origen.
Adviento, entonces, no es la espera de algo espectacular, sino la certeza de que Dios sigue actuando donde parecía que ya no había futuro. Dios no necesita superhéroes. Dios sigue haciendo historia con corazones disponibles, incluso cansados, incluso frágiles, para hacer nacer algo nuevo para el mundo.

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