“Le pusieron por nombre Jesús”

Solemnidad de María, Madre de Dios




El Evangelio nos invita a fijarnos en algo que parece pequeño, pero que es decisivo: el nombre que recibe el Niño.

San Lucas lo dice con una sencillez impresionante:
“Cuando se cumplieron los ocho días, le pusieron por nombre Jesús.”

No es un detalle secundario. No es una formalidad legal más. María y José no eligen el nombre. Lo reciben. Ese niño no se llama como su padre humano, ni como un antepasado familiar. Se llama Jesús, el nombre que el ángel había indicado. Y ese nombre tiene un significado muy concreto: “Dios salva”.

La Biblia nos muestra que esto no es algo aislado. También ocurrió con Juan el Bautista. La familia quería llamarlo Zacarías, como su padre. Pero el ángel había dicho: Juan. Y el nombre se impone. No por capricho, sino porque la historia de la salvación no la inicia la costumbre ni la tradición familiar: la inicia Dios. Juan significa: “Dios es misericordioso”, y su misión será preparar el camino del Señor.

Con Jesús sucede lo mismo, pero de manera definitiva. Su nombre no es solo una señal; resume toda su misión. Jesús no solo hablará de salvación, no solo anunciará el Reino: Él es la salvación de Dios hecha carne. Todo lo que hará después —sanar, perdonar, levantar, reconciliar— ya está contenido en su nombre.

Y aquí aparece María, a quien hoy celebramos como Madre de Dios. San Pablo lo expresa con una frase breve pero inmensa:
“Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley.”

María es esa mujer. Ella no inventa el nombre, pero lo acoge y lo entrega al mundo. En sus brazos, Dios recibe un nombre humano. En su corazón, María guarda el misterio. Por eso la Iglesia la llama Madre de Dios: no porque lo posea, sino porque coopera libremente con el plan de Dios, porque le da carne, historia y cercanía al Dios que salva.

Y no es casual que su nombre, María, sea uno de los más repetidos en la historia de la humanidad. Generación tras generación, en culturas y lenguas distintas, las familias han querido llevar su nombre. No por moda, sino porque en María el cristianismo ha reconocido una vocación profundamente humana y profundamente creyente: la capacidad de acoger a Dios, de dar vida, de custodiar el misterio y de hacerlo crecer con fidelidad. En ella se revela también la dignidad y la vocación de la mujer en el plan de Dios.

La primera lectura nos da una clave decisiva:
“Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel.”
Poner el nombre de Dios sobre el pueblo es bendecirlo, es hacerlo suyo, es darle identidad y protección. En Jesús, Dios pone definitivamente su nombre sobre nosotros.

Por eso san Pablo puede decir algo aún más fuerte:
“Ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero.”
El Espíritu clama en nosotros “Abbá, Padre”, y nos recuerda quiénes somos y a quién pertenecemos.

Si llevamos el nombre de Cristo, entonces también compartimos su misión. No estamos llamados a condenar ni a excluir, sino a ser signos vivos de la salvación de Dios en medio del mundo.

Hoy comenzamos el año bajo un nombre.
No bajo un número ni bajo un simple deseo,
sino bajo un Nombre que salva.
Le pusieron por nombre Jesús.
Que ese Nombre esté también sobre nuestra vida,
en lo que somos y en lo que estamos llamados a vivir.

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