La sanación de la mirada
La sanación de la mirada
Isaías 29, 17-24
El profeta anuncia un tiempo de renovación profunda: lo árido se convertirá en un vergel, los sordos oirán las palabras del libro y los ojos de los ciegos verán con claridad. Los oprimidos y los pobres encontrarán alegría en el Señor, porque Dios derribará a los arrogantes y hará justicia a los inocentes. Ese día, el pueblo reconocerá la acción de Dios, recuperará la rectitud del corazón y volverá a la verdad.
Mateo 9, 27-31
Dos ciegos siguen a Jesús suplicando su compasión. Jesús les pregunta si creen en su poder, y al afirmar su fe, les toca los ojos y los sana: “Que se haga en ustedes conforme a su fe.” Aunque Él les pide discreción, ellos no pueden callar el milagro y difunden por toda la región lo que Jesús ha hecho.
Hermanos, hoy la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre algo profundamente humano y profundamente espiritual: nuestra manera de mirar. Isaías anuncia un día en que “los ojos de los ciegos verán sin tinieblas ni oscuridad”, y en el Evangelio vemos a Jesús tocando los ojos de dos hombres que suplican su compasión. Pero más allá del milagro físico, hay un milagro interior que Jesús desea realizar también en nosotros: sanar nuestra mirada.
Adviento es tiempo de luz, un tiempo para inspeccionar sinceramente cómo vemos a los demás, cómo interpretamos sus gestos, sus silencios, sus reacciones. A veces vemos con los ojos, pero no con el corazón. Y cuando no miramos con el corazón, nuestras relaciones se enturbian: juzgamos apresuradamente, endurecemos el alma, perdemos la capacidad de comprender, y nos invade un cansancio que nos vuelve incapaces de mirar con misericordia.
Los dos ciegos del Evangelio gritan: “Hijo de David, ten compasión de nosotros.” Esa petición es poderosa porque nace del reconocimiento humilde de una necesidad. Ellos no piden explicaciones ni justificaciones; simplemente se presentan ante Jesús tal como son. Y Jesús se detiene. Siempre se detiene ante el sufrimiento humano. Esa es la primera mirada que Él quiere sanar en nosotros: la de la compasión. Esa capacidad de ver el dolor antes que el defecto, de entender que detrás de una palabra dura puede esconderse una herida, que detrás de un gesto brusco puede haber un cansancio, que detrás de una actitud complicada puede existir un sufrimiento no expresado. Cuando permitimos que Jesús toque nuestra mirada, dejamos de condenar tan rápido y comenzamos a acompañar más.
Pero el Señor también quiere purificar otra dimensión de nuestra mirada: la dignidad. Isaías anuncia que Dios hará que “los oprimidos vuelvan a alegrarse”, y eso es posible porque Dios no mira a su pueblo desde sus fracasos, sino desde lo que Él ha puesto en ellos. Así mira Jesús: ve en Zaqueo un discípulo, no un ladrón; en Pedro, una roca futura, no un traidor; en la mujer sorprendida en adulterio, ve una hija, no un escándalo. Nosotros, en cambio, corremos el riesgo de reducir a las personas a su peor momento, a su error, a su historia complicada. Pero la mirada cristiana reconoce la imagen de Dios incluso en quienes parecen más lejos de ella. Mirar con dignidad es aprender a descubrir el valor profundo del otro, incluso cuando su vida no lo muestra claramente.
Y finalmente, Jesús quiere darnos la mirada de la esperanza. Adviento es el tiempo de creer que Dios puede transformar lo que parece estéril, lo que parece perdido, lo que parece imposible. Los ciegos del Evangelio no veían nada, pero creyeron. Y Jesús les dice: “Que se haga en ustedes según su fe.” Mirar con esperanza es creer que Dios no ha terminado su obra en nadie, que una historia puede recomenzar, que un corazón puede cambiar, que una vida puede renacer. Es resistirse a etiquetar, a rendirse, a cerrar puertas. Es decidir ver no solo lo que la persona es hoy, sino lo que Dios puede hacer de ella mañana.
Hermanos, hoy Jesús también pasa cerca de nosotros y quiere tocar nuestros ojos. Pidámosle sinceramente: “Señor, sana mi mirada.” Sana mi mirada para que pueda ver con compasión el dolor que mis hermanos esconden. Purifica mi mirada para reconocer la dignidad que Tú has puesto en cada persona. Ilumina mi mirada para vivir con esperanza, creyendo que Tu gracia es capaz de hacer nuevas todas las cosas. Que este Adviento no solo prepare nuestros corazones para la Navidad, sino que renueve profundamente nuestra manera de mirar el mundo, para mirarlo como Él lo mira: con amor.
Amén.

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