La alegría que florece en el desierto

 

La alegría que florece en el desierto

 


La semana pasada, aquí en Wyoming, vivimos algo que para muchas personas resulta difícil de imaginar. El viento sopló con una fuerza impresionante. Ráfagas tan intensas que provocaron accidentes, volcaron trailers y recordaron, una vez más, que esta tierra no siempre es fácil. Para quienes no conocen Wyoming, estas historias pueden sonar aterradoras. No son pocos los que, al escucharlas, piensan que vivir aquí es demasiado duro, que no vale la pena.

Sin embargo, quienes hemos decidido quedarnos, quienes hemos aprendido a vivir en esta tierra, sabemos algo más profundo. Wyoming no se entiende solo desde el viento, el frío o la nieve. Se entiende desde el amor que se le tiene, desde la decisión de permanecer, desde la confianza en Dios y desde el cuidado mutuo entre quienes compartimos este camino.

Solo cuando uno aprende a mirar más allá de las ráfagas y del clima inclemente, comienza a descubrir una belleza que no siempre es evidente. Y entonces se vuelven más claras las palabras del profeta Isaías cuando habla de un desierto que florece.

En estas semanas hemos venido recorriendo un mismo camino espiritual. Primero hablamos de la esperanza, de aprender a mirar hacia el futuro que Dios nos promete incluso cuando el presente se vuelve incierto. Luego reflexionamos sobre la justicia, la paz y el bien, como señales concretas del Reino que ya empieza a hacerse visible entre nosotros. Hoy, ese camino nos conduce a la alegría.

Pero no se trata de una alegría superficial ni ingenua. No es una alegría que depende de que todo esté en calma. Hablamos de una alegría más profunda, una alegría que puede habitar incluso en el desierto, incluso cuando el viento sopla con fuerza. Porque la alegría cristiana no es solo una emoción pasajera; es un estado del alma, un estado del corazón, que nace cuando sabemos —de verdad— que Dios está con nosotros.

Isaías no habla desde la fantasía. No niega la dureza del paisaje ni la fragilidad de la vida. Al contrario, nombra manos débiles, rodillas temblorosas y corazones asustados. El profeta conoce el desierto. Y precisamente allí proclama una promesa sorprendente:
«El desierto y la tierra reseca se alegrarán; la estepa se regocijará y florecerá.»

Isaías no dice que el desierto deje de ser desierto. No promete una vida sin cansancio, sin aridez o sin miedo. Promete algo más profundo: que Dios entra en el desierto, y que su presencia comienza a transformarlo desde dentro. Por eso puede decir:
«Digan a los de corazón asustado: sean fuertes, no teman.»

Antes de que cambien las circunstancias, Dios fortalece el corazón. Porque muchas veces lo que más nos paraliza no es el desierto en sí, sino el miedo de pensar que nunca va a florecer.

La carta de Santiago nos invita a esa misma actitud cuando nos dice: «Sean pacientes… fortalezcan su corazón, porque la venida del Señor está cerca.» La paciencia cristiana no es resignación ni pasividad. Es la paciencia del agricultor que sigue sembrando aun cuando la tierra parece seca, confiando en que la lluvia llegará.

Y en el Evangelio, Juan el Bautista formula la pregunta que todos llevamos dentro en algún momento de la vida: «¿Eres tú el que tenía que venir, o debemos esperar a otro?» Jesús responde no con teorías, sino con hechos: la vida se levanta, la dignidad es restaurada, la esperanza renace. El desierto empieza a florecer.

La alegría cristiana no consiste en negar el desierto ni en fingir que el viento no sopla. Consiste en descubrir que Dios camina con nosotros incluso allí, y que esa certeza, poco a poco, hace florecer la vida.

Que esta Meditación Peregrina nos ayude a reconocer esa alegría profunda: la alegría que no espera a que el desierto termine, sino que florece en medio de él.

 

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