El fuego que revela el oro
Martes de la cuarta
semana de Adviento
La primera lectura
nos ofrece imágenes muy fuertes. Habla del fuego del fundidor, de la lejía del
lavandero, de aquel que se sienta a purificar la plata. Son imágenes intensas,
pero profundamente esperanzadoras.
Hoy quisiera
detenerme solo en una de ellas: el fuego de fundición.
Porque el fuego no
actúa igual sobre todo. Al oro lo purifica. A la escoria la deja al
descubierto. El fuego no inventa nada; revela lo que ya estaba allí.
Por eso existe un
refrán antiguo que dice: “El oro se prueba en el fuego, y el hombre en la
adversidad”.
Las pruebas no
cambian a la persona; la revelan. Sacan a la luz lo verdadero, lo profundo, lo
que realmente vale.
Cuando el Evangelio
habla de Juan el Bautista, la gente se pregunta: “¿Qué llegará a ser este
niño?”. Juan fue un hombre pasado por el fuego. No buscó comodidades. No eligió
lo fácil. Vivió en la austeridad, el sacrificio y la verdad.
Ese fuego no lo
destruyó. Lo purificó. Lo volvió transparente, libre, fuerte. Por eso su vida
fue luz.
Quisiera compartir
algo muy concreto, muy humano. Cuando yo era diácono, en mi año de ministerio
en la Catedral de San Gil, un día me llamaron con urgencia a la oficina. Había
un hombre dentro de la iglesia, gritando desesperado.
Me acerqué a hablar
con él. Estaba destrozado. Su matrimonio estaba a punto de acabarse. Había
heridas profundas, una infidelidad. No recuerdo todos los detalles, pero sí
recuerdo claramente su dolor. Sentía que su vida se le venía abajo.
Tuve la oportunidad
de escucharlo, de hablar con él y de orar con él, como ocurre con tantas
personas que llegan a un despacho parroquial y de las que después nunca
volvemos a saber nada.
Tiempo después,
viajando en un bus de transporte público, me senté al lado de un hombre que me
miró y me dijo: “¿No se acuerda de mí? Nosotros hablamos una vez. Usted me
aconsejó”.
Era él.
Me contó que aquel
momento tan doloroso le hizo darse cuenta de que no estaba dando a su familia
el valor que merecía. Estaba a punto de perder a su esposa, a la mujer que
amaba, por no haber cuidado lo esencial.
Lo que más me
impactó fue esto: ese día era su último día en el pueblo. Estaba haciendo sus
últimas diligencias, preparándose para irse, y justamente ese día Dios quiso
que nos encontráramos.
Cuando bajó del
bus, me dijo simplemente: “Padre, muchas gracias. Dios lo bendiga”.
En ese momento
comprendí algo muy profundo: aquel hombre había pasado por una prueba de fuego
y, en lugar de destruirlo, lo había purificado.
Vivimos en una
cultura que huye del sacrificio. Queremos resultados sin proceso, brillo sin
fuego, oro sin fundición. Pero la vida, y Dios, no funcionan así.
Las pruebas llegan.
El fuego aparece. Y entonces se hace visible qué es escoria y qué es oro.
Dicen los antiguos
que el fundidor sabe que el oro está listo cuando puede verse reflejado en él.
Quizá Dios permite el fuego en nuestra vida hasta que su rostro pueda
reflejarse en nosotros.
Porque el fuego de
Dios no viene a destruirnos. Viene a
purificarnos.

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