El Dios de los Imposibles
Yo siempre he pensado —y la Biblia así lo confirma— que Dios es el Dios de los imposibles. Toda la historia de la salvación es una colección de momentos en los que Dios hace lo que nadie esperaba, lo que humanamente no se podía, lo que parecía terminado.
Cuando entramos en Adviento, esta
verdad se vuelve todavía más luminosa. Recordemos a la Virgen María: al
anunciarle la concepción de Jesús, el ángel le dice aquella frase que atraviesa
los siglos: “Para Dios nada es imposible.”
María no entiende del todo, pero cree.
No ve el camino, pero confía.
Y allí, en esa confianza humilde, comienza la mayor obra de Dios en la
historia.
Lo mismo Abraham.
Un hombre anciano, una mujer estéril, una promesa imposible.
Y sin embargo, Dios le dice: “Mira las estrellas… así será tu descendencia.”
Abraham creyó contra toda esperanza. Creyó cuando ya no había razones para
creer. Y Dios cumplió.
Y hoy, en Isaías, encontramos otro
imposible que solo Dios puede realizar:
“Brotará un renuevo del tronco de Jesé.”
Un tronco cortado ya no sirve; es
apenas el resto de lo que fue. Pero ese es precisamente el escenario donde Dios
se revela. El “tronco seco” es la imagen de todo lo que en nuestra vida dimos
por perdido: una relación rota, una parte de nuestra historia que duele, un
cansancio profundo, un pecado antiguo, un futuro incierto. Ahí —justo ahí— Dios
nos dice: “Mira otra vez.”
Y de ese tronco muerto brota una
vida nueva. No un árbol enorme de golpe, sino una rama pequeña, humilde, casi
invisible. Así obra Dios: grande en lo pequeño, poderoso en lo frágil, fiel en
lo que ya nadie mira.
Isaías continúa con esas imágenes
imposibles:
el lobo con el cordero,
el león comiendo paja,
el niño jugando sin miedo junto al escondrijo de la serpiente.
Imposible… para nosotros.
Pero no para el Dios que transforma corazones.
Esa paz imposible no es una utopía.
Es lo que sucede cuando el Espíritu de Dios reposa sobre una persona. Cuando el
odio y la ternura, la herida y la sanación, la culpa y la gracia, el miedo y la
confianza… aprenden a convivir dentro de un mismo corazón.
Permítanme compartir una historia
real que ilumina esta profecía.
Después del genocidio en Ruanda, una religiosa se encontró cara a cara con el
hombre que había asesinado a su hermano. Aunque rezaba cada día, ella
confesaba:
“Dentro de mí vivía un animal herido. Tenía un lobo dentro, un odio que me
robaba la paz.”
Un día, escuchando el Evangelio del
perdón, sintió que algo se quebraba por dentro. No fue sentimentalismo: fue la
certeza profunda de que Dios le pedía entregar un rencor que la estaba
consumiendo. Cayó de rodillas y lloró largo rato; no de debilidad, sino porque
descubrió que el odio la había encadenado a su propio dolor.
Ese día no transformó todo de golpe,
pero allí comenzó un camino. Con el tiempo, cuando volvió a encontrarse con el
asesino, pudo mirarlo sin venganza en los ojos. No olvidó lo ocurrido. No
justificó nada. Pero dejó de ser prisionera del lobo interior.
Un sacerdote que la acompañaba dijo:
“En esa mujer vi al lobo acostarse con el cordero… dentro del mismo
corazón.”
Eso es lo que Isaías anuncia.
Eso es lo que Dios hace.
Eso es lo que celebramos en Adviento: la paz imposible que brota del tronco
seco.
Y el Evangelio de hoy completa el
mensaje:
“Te alabo, Padre, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla.”
Para acoger los imposibles de Dios
no hace falta entenderlo todo, sino creer como María, confiar como Abraham,
abrir el corazón como los sencillos.
Hermanos, el mismo Dios de Abraham,
de María y de Isaías sigue actuando hoy.
Sigue haciendo posibles las cosas que tú ya diste por perdidas.
Sigue haciendo brotar vida donde tú solo ves un tronco seco.
Sigue haciendo germinar paz donde tú ves imposibilidad.
Adviento es la invitación a mirar de
nuevo, a no rendirnos, a creer que Dios puede… incluso donde nosotros ya no
podemos.
Porque para Dios nada es
imposible.
Y donde Él llega, siempre brota un renuevo.

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