El cuarto deseo del corazón: no estar solos

 IV Domingo de Adviento



 

Hemos llegado al cuarto Domingo de Adviento, y con él aparece un deseo profundamente humano, quizá uno de los más silenciosos y universales: el deseo de no estar solos.
El deseo de compañía.
El deseo de saber que alguien camina con nosotros y que nuestra vida importa para otro.

A lo largo de este tiempo de Adviento hemos ido recorriendo, domingo tras domingo, algunos de los deseos más profundos del corazón humano.
El primer domingo hablábamos del deseo de futuro y de esperanza, de saber que la vida no se cierra sobre sí misma.
Luego reflexionamos sobre el deseo de justicia, ese anhelo de bien que habita en lo más hondo del ser humano.
La semana pasada nos detuvimos en el deseo de alegría y de paz, una alegría que no depende de que todo esté perfecto, sino de sabernos sostenidos.

Hoy, al llegar al cuarto Domingo de Adviento, aparece otro deseo igualmente profundo: el deseo de no estar solos, el deseo de compañía, el deseo de amor.

No es casualidad que este deseo emerja con fuerza en estos días. Culturalmente se habla mucho de amor, de gestos y de celebraciones. Pero debajo de todo eso hay una pregunta más honda que muchos llevan en el corazón:
¿quién me acompaña de verdad?

Emmanuel: Dios-con-nosotros

La Palabra de Dios hoy entra justamente ahí.
El profeta Isaías anuncia una señal sencilla y, al mismo tiempo, sorprendente:
«La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel».

Ese nombre lo dice todo. Emmanuel significa “Dios-con-nosotros”.
No un Dios lejano, sino un Dios que se acerca, que acompaña, que se queda.
Dios responde al deseo humano de no estar solos haciéndose compañero de camino.

José y la justicia que piensa en el otro

El Evangelio nos sitúa en un momento delicado: María está encinta antes de convivir con José, y él lo descubre sin comprender aún el origen de ese embarazo. El texto no nos habla de reproches, sino de silencio y discernimiento interior.

Podríamos pensar que José actúa movido por el miedo al rechazo o a la vergüenza. Pero el Evangelio nos muestra algo más profundo: José no piensa primero en sí mismo, sino en María.

Sabe que, si la expone públicamente, María quedará sola, señalada y sin protección. Por eso decide dejarla en secreto. No es una huida egoísta, sino un acto de justicia que piensa en el otro. Prefiere cargar él con el peso de la situación antes que condenar a María a la soledad.

Y hay un detalle decisivo: el ángel habla después de que José ha tomado esta decisión, no antes.
Primero José elige amar; luego Dios confirma y abre un horizonte nuevo.

José no deja sola a María, y Dios no deja solo a José. Así comienza a cumplirse el nombre que resume toda la Navidad: Emmanuel, Dios-con-nosotros.

Dios no elimina la soledad: la habita

El Adviento no promete una vida sin dificultades, sino una Presencia fiel.
Dios no quita mágicamente la soledad humana, pero la habita.

Por eso hoy no celebramos solo que Dios vino, sino que vino para quedarse.
Y la gran pregunta de este cuarto Domingo de Adviento es esta:

¿aprendemos nosotros a amar de tal manera que nadie quede solo?

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