“El anhelo de bien nace porque la vida no debería doler así”

 Homilía – Segundo Domingo de Adviento

 


Hermanos, la semana pasada, al preguntarnos “¿Qué me cabe esperar?”, descubríamos que uno de los anhelos más profundos del ser humano es el anhelo de futuro, el anhelo de esperanza, de saber que la vida tiene un horizonte que vale la pena. Pero ese no es el único deseo que habita en el corazón humano. Hay otros tres anhelos que también nos acompañan siempre: el anhelo de verdad, el anhelo de bien y el anhelo de identidad. Hoy, a la luz del Adviento, queremos detenernos en ese segundo anhelo: el anhelo de bien, la necesidad interior de saber qué es lo recto, qué es lo justo, qué es lo que Dios espera de nosotros.

Hoy entramos en este segundo anhelo, el anhelo de bien, que nace de la pregunta moral fundamental: “¿Qué debo hacer?”. No lo que deseo, no lo que me conviene, sino lo que es recto, lo que construye, lo que honra la dignidad del otro, lo que abre paso a Dios.

Y al formular esta pregunta, surgen otras que la concretan:
¿Qué es lo justo en esta situación?  ¿Qué debo corregir en mí antes de corregir a los demás?  ¿Qué palabra o gesto mío puede generar paz? ¿Qué debo cortar de raíz para que Dios pueda entrar?
Estas cuatro preguntas no son teoría moral; son puertas que nos permiten caminar hacia la justicia, hacia la paz y hacia la conversión.

Pero, ¿por qué surge este anhelo de bien? ¿De dónde brota esta inquietud interior que todos sentimos alguna vez?
Aquí aparece una verdad existencial:
el anhelo de bien nace porque la realidad nos duele.
Cuando uno mira el mundo con sinceridad —violencias, divisiones, injusticias, exclusiones, heridas familiares, dignidades pisoteadas— algo en el corazón se rebela. Y estos dolores no son abstractos: están aquí, entre nosotros.
El drama migratorio que vivimos en Estados Unidos —y que se repite en tantos países— no es un fenómeno lejano: son familias enteras que caminan huyendo de la violencia, buscando simplemente un lugar donde sus hijos puedan crecer sin miedo. Las divisiones políticas e ideológicas están fracturando familias que antes se amaban y que hoy ya no pueden conversar sin herirse. Y cuántos padres sufren en silencio porque sus hijos no logran encontrar un horizonte, una motivación, un camino para su vida. Frente a todo esto, algo en el corazón humano grita con fuerza: “¡La vida no debería doler así!” Ese grito interior es espiritual. Es moral. Es humano.
Es el clamor del mundo herido.

Y la Palabra de Dios escucha ese clamor.
Isaías describe un Rey que no juzga por apariencias, que hace justicia al pobre, que defiende al desamparado, que endereza lo torcido. Y como fruto de esa justicia, aparece la armonía: el lobo con el cordero, el niño jugando sin miedo, la creación reconciliada.
La paz —dice Isaías— no es ingenuidad; es un milagro que brota de la justicia.

Pero al mismo tiempo que sentimos este anhelo de bien, también sentimos la tentación de buscar soluciones falsas.
Porque cuando el corazón duele, es fácil abrazar caricaturas del bien:
– aparentar cambio sin cambiar por dentro,  – buscar excusas en lugar de responsabilidad,  – confundir paz con comodidad,  – sustituir justicia por venganza,
– reducir la moral a legalismo,  – pensar que basta cumplir ritos mientras el corazón sigue torcido. 

Y en ese momento irrumpe Juan el Bautista con su palabra fuerte, necesaria, purificadora:
“Den frutos. Enderecen el camino. No se engañen pensando que basta la apariencia.”
El Bautista desarma nuestras ilusiones piadosas y nos devuelve a la verdad:
la conversión no es maquillaje; es raíz.
La moral cristiana no es cosmética espiritual: es un trabajo serio, honesto y valiente de enderezar lo torcido para que Dios pueda entrar.

Y hoy también sucede lo mismo:
hay quienes quieren parecer justos sin serlo, presentarse a los sacramentos sin deseo real de fruto, o pedir que Dios cambie el mundo mientras ellos no cambian nada.
Por eso la pregunta “¿Qué debo hacer?” se vuelve urgente.
No basta lamentar la injusticia del mundo:
si quiero un mundo distinto, debo empezar por un corazón distinto.

Y en esta tensión entre el anhelo auténtico de bien y las falsas soluciones aparece la luz del Adviento:
Dios no nos deja solos.  Dios no pide rectitud sin ofrecer gracia. Dios no exige frutos sin plantar primero su Espíritu. Por eso Isaías describe al Mesías lleno del Espíritu de sabiduría, consejo, fortaleza, piedad y temor de Dios.
Lo que Él es, Él lo quiere derramar en nosotros.
El bien no nace de mi fuerza: nace de Su presencia.

Por eso hoy, antes de continuar este Adviento, vale la pena quedarnos un momento en silencio interior y hacernos la pregunta que funda todas las demás:
“Señor, ¿qué debo hacer?”
¿Qué es lo justo aquí?  ¿Qué debo corregir en mí?  ¿Qué palabra mía puede generar paz?
¿Qué debo cortar de raíz para que Tú entres?

Si dejamos que esa pregunta resuene —sin miedo y sin excusas— el Adviento deja de ser tiempo de espera pasiva y se convierte en un tiempo de transformación:
Dios endereza caminos, purifica motivaciones, siembra justicia y produce paz.

Porque, al final, el anhelo de bien no es solo nuestro:
es el anhelo de Dios en nosotros.
Es el Señor trabajando en lo profundo del corazón para que la paz que soñamos se vuelva un camino posible.

Amén.

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