Dios respondió a nuestros deseos

Navidad – Misa del Día

 


El ser humano no es, ante todo, un ser definido por sus errores. En lo más profundo, el ser humano es un ser de deseo. Vivimos movidos por lo que anhelamos. Deseamos amar y ser amados, ser vistos y comprendidos, no estar solos. Deseamos que la vida tenga sentido, que sea algo más que el simple paso de los días. Y esto no es un problema ni una falla. Así fuimos creados. El deseo no es pecado; el deseo es la huella de Dios impresa en el corazón humano.

 

El drama de los comienzos no fue el hecho de desear. Fue desear mal. No fue querer ser como Dios, sino querer ser como Dios sin Dios. Eva y Adán no buscaron algo pequeño. Buscaron plenitud, vida y semejanza. Pero tomaron un atajo. Intentaron cumplir su deseo lejos de la confianza, lejos del tiempo de Dios y lejos del camino de Dios. Desde entonces, la historia humana está marcada por deseos mal orientados: búsquedas interminables, caminos que prometen mucho y dejan vacío, intentos de salvarse solo y de controlarlo todo.

 

El corazón humano desea a Dios, pero no sabe cómo llegar a Él. Y aquí comienza la gran noticia de la Navidad. Dios no le exige al ser humano que suba hasta Él. Dios baja hasta el ser humano. Eso es lo que celebramos. No solo que Dios existe. No solo que Dios habla. Sino que Dios responde.

 

La Carta a los Hebreos lo expresa con una claridad impresionante: Dios, que muchas veces y de muchas maneras habló en el pasado, ahora nos ha hablado por su Hijo. Dios no envía un mensaje más, ni propone una nueva instrucción, ni ofrece una teoría espiritual. Envía a su Hijo. En Jesús, Dios no solo nos dice algo; se entrega a sí mismo. Y el Evangelio de Juan va todavía más lejos cuando afirma que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Dios no vino de paso ni como visitante. Puso su tienda en medio de nuestra historia.

 

El Dios que el ser humano deseaba se deja encontrar. El Dios que parecía lejano se vuelve cercano. El Dios que parecía inaccesible se deja tomar en brazos. Y aquí comprendemos algo fundamental: Dios no vino a apagar nuestros deseos. Vino a cumplirlos.

 

Nuestro deseo de luz encuentra respuesta en Cristo, la luz verdadera que ilumina a todo hombre. Nuestro deseo de sentido encuentra respuesta, porque en Jesús descubrimos quién es Dios y quiénes somos nosotros. Nuestro deseo de pertenecer encuentra respuesta, porque Dios no nos deja huérfanos, sino que habita nuestra historia. Nuestro deseo de vida encuentra respuesta, no en una vida superficial, sino en una vida salvada y transformada desde dentro.

 

Por eso Isaías puede anunciar con alegría que son hermosos los pies del mensajero que proclama la paz. La Navidad no es un consuelo barato ni una pausa sentimental. Es una afirmación poderosa: Dios ha tomado en serio el deseo del corazón humano. Y entonces la pregunta cambia. Ya no es: “¿Qué tengo que hacer para llegar a Dios?”, sino otra muy distinta: “¿Me dejo encontrar por Él?”

 

La Navidad no es solo el recuerdo de un nacimiento pasado. Es la celebración de una respuesta viva. Dios respondió a nuestros deseos, no desde la distancia, sino desde la cercanía. Y en Él, nuestros deseos no fueron negados: fueron redimidos.

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