“Dios escribe la historia”


 


Todos nosotros tenemos una historia. Una historia hecha de decisiones acertadas y de errores, de momentos luminosos y de páginas que preferiríamos no releer. Ninguno llega hasta aquí con una vida perfectamente ordenada. Y, sin embargo, estamos aquí. Respirando, creyendo, esperando. Eso ya dice algo importante.

Cuando uno escucha hoy esos nombres antiguos de la Biblia —nombres que suenan lejanos, difíciles, incluso extraños— puede pensar que no tienen mucho que ver con nosotros. Pero si nos detenemos un poco, descubrimos que detrás de cada nombre hay una vida real, frágil, incompleta. Hay pecado, hay fallas, hay rupturas. Es una humanidad muy humana. Y es justamente ahí donde ocurre algo decisivo.

Porque Dios no espera a que la historia humana sea impecable para entrar en ella. No se mantiene a distancia. No borra lo que ha sido. Dios no niega la historia humana; la atraviesa para darle sentido. La Encarnación sucede dentro de esa historia concreta, con sus luces y sombras, no al margen de ella.

La Biblia no esconde las heridas del pasado. No maquilla la historia. Judá, David, el exilio, las infidelidades… todo permanece escrito. Y eso nos revela algo profundamente consolador: Dios no empieza la historia desde cero; comienza desde donde estamos. No descarta el camino recorrido, incluso cuando ha sido torcido. Lo asume.

Por eso la promesa no se apoya en la perfección de los seres humanos, sino en la fidelidad de Dios. A través de generaciones frágiles, Dios sigue escribiendo. A veces con trazos rectos, a veces corrigiendo, a veces sanando lo que parecía irremediable. La historia avanza no porque el ser humano sea impecable, sino porque Dios es fiel.

El Evangelio de hoy, con su larga genealogía, no es un archivo muerto. Es un espejo. Nos recuerda que nadie es solo su último error, ni su peor capítulo. Que incluso los momentos de exilio, de fracaso o de silencio forman parte de un camino más grande. Dios no borra esas páginas; las relee con misericordia.

Y eso nos toca directamente. Nosotros también somos historia. Venimos de alguien. Llevamos nombres, recuerdos, heridas, aprendizajes. Hoy estamos aquí, en este momento concreto del tiempo, como una especie de punta de lanza de una historia que no nos pertenece del todo. No somos el principio ni seremos el final.

Adviento nos enseña precisamente eso: a confiar en que Dios sigue escribiendo. Que lo que hoy no entendemos del todo, Él lo está orientando. Que nuestras páginas incompletas no están perdidas.

Quizá nuestra vida tenga renglones torcidos. Pero Dios no los descarta. Los atraviesa. Y ahí, precisamente ahí, es donde nace la esperanza.

Ven, Señor Jesús.

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