CUANDO EVA VUELVE A CASA

 


Navidad – Reflexión de la Misa de Media Noche



Cada Navidad volvemos al mismo lugar.
Un pesebre sencillo.
María y José.
Un Niño envuelto en pañales.
El frío de la noche, la pobreza, el silencio.

A lo largo de los años hemos aprendido a mirar esa escena.
Hemos visto llegar a los pastores.
Hemos seguido la estrella con los Magos.
Hemos escuchado el canto de los ángeles.

Y está bien.

Es la escena que la Iglesia nos ha regalado para contemplar el misterio.

Pero esta noche quisiera que miráramos el pesebre desde una mirada distinta,
desde la historia que viene de lejos.

Porque antes de María,
antes de José,
antes incluso de Abraham y de David,
hubo una mujer.

La primera madre.
Aquella que conoció el jardín.
Aquella que escuchó la voz de Dios en los comienzos.
De ella nace, humanamente, toda nuestra historia.

Eva.

Aquella noche, en silencio, Eva se acerca al pesebre.

Viene después de haber caminado largo tiempo
con el peso de aquel primer error.

Viene como madre antigua,
como abuela de la humanidad,
como ancestro humano de este Niño que duerme.

Se detiene ante la cuna y contempla algo:
Dios Padre ha decidido entrar en la historia nuevamente
para rehacerla desde dentro.

Isaías lo había anunciado siglos antes:
«el pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz».

Eva conoce bien esas tinieblas.
Las ha caminado.
Las ha cargado en su memoria,
en sus hijos,
en la historia que siguió al jardín.

Pero esta noche es distinta.

Ya no hay tristeza ni lamento en su mirada.

Los anhelos que había guardado en su alma
comienzan a iluminarse.

Ahora sabe que hay esperanza,
que hay justicia,
que hay una razón para alegrarse,
y que Dios Padre nunca la abandonó.

En aquel momento, vuelve el recuerdo
de algo que le pertenecía
y que creyó arrancado para siempre:
la gracia.

Porque Dios no espera
a que la humanidad se redima sola
para entrar en su historia.

Dios entra en la noche,
en la fragilidad,
en lo pequeño.

Y en ese silencio,
un cántico de David, antiguo y nuevo,
resuena en la memoria de Eva,
como un susurro que atraviesa los siglos:

Hoy nos ha nacido el Salvador.

No solo cantan los hombres.
Cantan los cielos y la tierra.
El mar y los campos.
Los bosques y cuanto respira.

En esta noche concreta.
En este mundo concreto.
En este punto olvidado de Belén.

Hoy nos ha nacido el Salvador.

San Pablo, años después, lo dirá con claridad
cuando escriba a Tito:
la gracia de Dios se ha manifestado.
No para condenar,
sino para salvar.
No para humillar,
sino para enseñarnos a vivir
de una manera nueva,
con sobriedad, con justicia, con fidelidad.

Eva sigue mirando al Niño.
Se acerca un poco más al pesebre.

No trae oro.
No trae incienso.
No trae mirra.

Trae algo envuelto en una tela gastada por el tiempo,
en una tela raída,
como la memoria de la humanidad.

Es lo único que ha conservado
desde que inició su éxodo del paraíso:
una manzana mordida.

La manzana del deseo.
La manzana de querer ser alguien.
La manzana de querer parecerse a Dios.
La manzana de haber buscado la vida eterna
sin contar con Aquel que le dio la vida,
sin saber esperar,
sin aprender a recibir.

Eva no dice nada.
Tal vez ya no hace falta.

Y en ese silencio parece decirle al Niño:

Ahora entiendo.
Ahora comprendo lo que tu Padre quería de mí.
No quería quitarme nada.
Quería mi bien.
Quería mi felicidad.
Quería que confiara.

Y al colocar la manzana junto al pesebre,
Eva no vuelve al pasado:
lo entrega.

Porque en este Niño,
la manzana deja de ser caída
y se convierte en reconciliación.

Aquí se reabren las puertas que un día se cerraron.
Aquí nadie queda expulsado del jardín.
Aquí Dios vuelve a caminar con el hombre.

Y esta noche también nosotros podemos acercarnos.

Con una manzana mordida a medias:
nuestras heridas,
nuestros fracasos,
nuestras ganas de controlar la vida en lugar de confiarla,
y el cansancio de no haber llegado a ser lo que soñábamos.

Y poner todo eso
en la cuna del Niño.

Porque este Niño ha venido
no a recordarnos lo que hicimos mal,
sino a levantarnos,
a cargarnos sobre sus hombros,
y a reabrir para nosotros
el jardín que nosotros mismos perdimos.

La Navidad no borra nuestra historia.
La redime.

Esta noche,
no conquistamos el paraíso.
Lo recibimos como en el primer día.

 

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