“Zaqueo y los que impiden ver a Jesús”
Martes
de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario
Evangelio: Lucas 19,1–10
“Zaqueo y los que impiden ver a Jesús”
Zaqueo
quería ver a Jesús… pero la gente se lo impedía. Esa frase resume lo que ocurre
hoy en el Evangelio. Zaqueo tenía muchos defectos y todos los conocían. Era
pequeño, seguramente no muy agraciado, y aunque era rico, era rico de la peor
manera: había ganado fama de ladrón, de traidor, de colaborador del imperio
romano. Para su gente, Zaqueo era impuro, un excluido, alguien sin lugar en la
sinagoga ni en la comunidad. Sin embargo, dentro de ese hombre despreciado
había algo pequeño y bueno, casi escondido: tenía deseo de ver a Jesús. Ese
deseo quizá era lo único que le quedaba, pero es suficiente para que Dios
comience una historia nueva.
La gente,
con sus prejuicios, murmullos y reglas no escritas, se convierte en un
obstáculo. Es como si fueran guardianes de la puerta que deciden quién puede
acercarse al Señor y quién no, como si la fe fuera un club para aquellos con
buena reputación. Esa realidad continúa hoy. Todavía hay muchos Zaqueos:
personas criticadas, etiquetadas o heridas, que desean encontrarse con Jesús
pero sienten que “la gente” no los deja porque se sienten juzgados, observados,
rechazados. Sin embargo, lo que la gente cierra, Dios lo abre.
Zaqueo
también carga con obstáculos internos: su culpa, su pasado, su vergüenza. Y aun
así se atreve a correr, algo indecoroso para un hombre adulto y más para
alguien de su posición, y se sube a un árbol de pobres, un sicómoro. Es decir,
deja de cuidar su escasa reputación con tal de ver a Jesús. A veces la
conversión empieza justo ahí, cuando dejamos de proteger la apariencia y
comenzamos a buscar sinceramente al Señor.
Cuando
Jesús llega a ese lugar, levanta la mirada y pronuncia una frase decisiva: “Hoy
tengo que hospedarme en tu casa.” Ese “tengo que” no es casualidad. Es la misma
expresión que Jesús usa para hablar de su Pasión: “Es necesario que el Hijo del
Hombre sufra…” Entrar en la casa de Zaqueo forma parte de ese mismo plan de
salvación. Jesús está a punto de subir a Jerusalén para entregar su vida y, sin
embargo, se detiene a salvar a quien todos habían descartado: Zaqueo. Y no se
queda ahí. Incluso cuando está en la cruz, también decide salvar al que había
sido condenado junto a Él: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” Jesús no tuvo
miedo de acercarse a quienes estaban crucificados por su historia o por su
comunidad: ladrones, traidores, pecadores. No tuvo reparo en entrar en la casa
de Zaqueo y no tuvo reparo en permitir que un ladrón arrepentido muriera a su
lado.
Entonces
aparece la reacción de la multitud: “Ha entrado a hospedarse en casa de un
pecador.” La murmuración siempre intenta interponerse entre el pecador y la
misericordia. Pero Jesús no se deja influenciar por el ruido de quienes miran
desde arriba. Él ve posibilidades donde otros solo ven fallas. Y cuando Zaqueo
se siente mirado y amado, su vida cambia. No cambia porque lo criticaron, sino
porque la gracia lo visitó.
“Hoy ha
llegado la salvación.” No mañana. No cuando Zaqueo sea perfecto. No cuando
repare todo. Hoy. Porque la salvación no es un premio para los buenos, sino un
regalo para los que se dejan encontrar. Este texto nos invita igualmente a
preguntarnos si, en nuestra vida, somos Zaqueo o somos parte de esa multitud
que impide ver a Jesús. Cristo sigue buscándonos, llamándonos por nuestro
nombre y deseando entrar en nuestra vida hoy. Pidamos un corazón semejante al
suyo, capaz de ver al que se esconde, de dar oportunidades nuevas y de
acercarse a los crucificados de la vida. Porque así es Cristo: busca, llama,
entra, restaura y salva. Y no importa cuán lejos estemos; Él siempre encuentra
la manera de llegar.

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