Limpia, Señor, el Templo Que Soy

 

Limpia, Señor, el Templo Que Soy

Memoria de la Presentación de la Virgen María

1 Crónicas 28; Lucas 19,45-48


El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús entrando en el templo para devolverle su verdadera identidad. No llega con violencia ni con rabia; llega con ese amor firme que brota del corazón de Dios, un amor que no soporta ver cómo aquello que fue hecho para la oración se ha ido llenando de cosas que no pertenecen allí. Jesús no destruye el templo: lo purifica. Lo devuelve a su verdad más profunda: ser casa de encuentro con el Padre.

Y es imposible escuchar este Evangelio sin volver la mirada hacia dentro, sin preguntarnos con sinceridad qué ocurre en el templo que cada uno de nosotros lleva por dentro. San Pablo nos lo ha repetido: somos templo del Espíritu Santo. No es una metáfora poética, ni un recurso espiritual agradable; es una realidad. Dios habita en nosotros. Dios camina con nosotros. Dios habla en lo más profundo del corazón. Pero entonces surge la pregunta: si Jesús entrara hoy en el templo de mi interior… ¿qué encontraría?

Quizá encontraría mucho ruido. No el ruido externo, sino ese ruido interior que nos persigue a todos: preocupaciones que no terminan, pensamientos que se repiten, ansiedades que ocupan demasiado espacio, mensajes constantes, comparaciones, exigencias, temores. Es un ruido que cansamos de escuchar, pero del que no siempre sabemos liberarnos. Y ese ruido, muchas veces, nos impide reconocer la presencia de Dios, porque su voz es suave, es delicada, y necesita silencio para ser escuchada.

Quizá Jesús encontraría también algunos “negocios internos”: esas negociaciones secretas que todos hacemos en el alma. Cosas que no queremos soltar, condiciones que ponemos al Señor sin decirlo en voz alta, límites que trazamos frente a su Palabra: “Sí, Señor… pero no aquí”; “Te sigo… pero no me pidas perdonar todavía”; “Confío en ti… pero déjame mantener este pequeño rincón para mí”. No lo hacemos por maldad; lo hacemos por miedo. Pero aun así, esos negocios interiores convierten el corazón en un mercado donde no se respira libertad, sino tensión.

Tal vez encontraría también cansancio. No un cansancio físico, sino ese cansancio del alma que todos conocemos: llevar demasiado, sostener demasiado, intentar demasiado. Un corazón cansado empieza a desordenarse, a dispersarse, a perder claridad. Pero el Señor no se escandaliza de nuestro cansancio; lo mira con ternura. Él ve el templo un poco deteriorado por el desgaste y, como un artesano, quiere restaurarlo.

Y quizás, en algunos casos, encontraría también rencores, heridas viejas, pensamientos que vuelven una y otra vez. Son como muebles pesados colocados en medio del templo, ocupando el espacio donde debería habitar la paz. Jesús se acerca a esos rencores no para juzgarnos, sino para decirnos: “Esto te impide orar. Esto te pesa más de lo que crees. Déjame ayudarte a moverlo”.

Pero lo más hermoso es que, incluso si encontrara ruido, negocio, cansancio o rencor, Jesús también encontraría un rincón donde todavía lo esperamos. Un pequeño espacio donde aún hay fe, donde aún hay deseo de Dios, donde aún queda esperanza. Y es justo allí donde Él quiere empezar su obra. No en lo perfecto, sino en lo disponible. No en lo que ya está ordenado, sino en ese pequeño lugar que todavía le pertenece y que nos mantiene abiertos a su gracia.

Hoy, Jesús entra en nuestro templo interior como entró en el de Jerusalén. No viene a acusarnos, sino a despertar lo que estaba dormido. No viene a destruir, sino a limpiar. No viene a humillar, sino a reconstruir desde dentro. Quiere devolvernos un corazón capaz de escuchar, capaz de orar, capaz de amar sin dividirse en mil pedazos. Quiere restaurar en nosotros ese espacio sagrado donde la gracia respira, donde la paz vuelve, donde Dios tiene un lugar para hablarnos de nuevo.

Que hoy lo dejemos entrar. Que hoy le permitamos limpiar, ordenar y sanar lo que cada uno guarda en su templo interior. Y que al abrir ese espacio, volvamos a ser aquello que siempre fuimos llamados a ser: casa de oración, casa de encuentro, casa de Dios.

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