“La paz nace en el corazón”
“La paz nace en el corazón”
Jueves de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario
1 Macabeos 2, 15-29 / Salmo 49 (50), 1-2.5-6.14-15 / Lucas 19, 41-44
Cuando Jesús llora
sobre Jerusalén, no llora por los edificios, ni por los muros, ni por la
política del momento. Llora porque la ciudad ha perdido su brújula interior,
ha dejado de reconocer lo que realmente conduce a la paz. Y eso es exactamente
lo que nos ocurre hoy.
Vivimos en tiempos
donde la palabra «paz» la llenan de ruido los discursos, los debates, las redes
sociales y los bandos.
Un mundo dividido en “los míos” y “los otros”.
Un país donde, a veces, hasta dentro de la misma familia, hablar de ciertos
temas se convierte en caminar sobre vidrio.
Y frente a todo
esto, no hace falta inventar nuevas palabras. Bastan las de San Juan Pablo II,
tan actuales como un titular de hoy:
“La guerra nace en el corazón del hombre; también en su corazón debe nacer
la paz.”
Ahí, exactamente
ahí, es donde Jesús nos mira hoy.
Él sabe que la paz o la guerra no comienzan en los parlamentos, ni en los
partidos, ni en las campañas.
Comienzan en el corazón, en la manera en que hablamos, en el tono que elegimos,
en la actitud que llevamos incluso cuando alguien piensa distinto.
Por eso este
evangelio no es para asustarnos, sino para despertarnos.
Jesús llora sobre Jerusalén porque ve cómo una ciudad entera está perdiendo la
oportunidad de su paz, dejando pasar el tiempo de la gracia.
Y hoy, esa advertencia suave y dolorosa también es para nosotros.
No podemos cambiar
el ruido del mundo,
ni la agresividad de las redes,
ni la polarización que crece como un fuego.
Pero sí podemos cambiar el clima espiritual de nuestra casa.
Y es ahí donde resuenan las palabras de San Juan Pablo II:
“La paz no se escribe en los tratados; se escribe en los corazones.”
Porque la verdadera
paz empieza en lo pequeño:
en un tono que baja,
en una palabra que escucha,
en una conversación donde renuncio a herir para poder amar,
en un silencio que evita una guerra,
en una actitud que deja entrar a Dios en medio del conflicto.
Por eso, la
invitación de hoy es concreta, simple y valiente:
cambiar un tono que siempre genera conflicto.
Uno solo.
El sarcasmo, la burla, la exageración, el grito, el comentario político que
divide, la frase que sabemos que hiere.
Tal vez no podamos
cambiar el mundo político,
pero sí podemos cambiar el mundo interior desde donde hablamos.
Podemos ser sembradores de paz en un tiempo que solo conoce la confrontación.
Cierre final
“La guerra nace en
el corazón del hombre; también en su corazón debe nacer la paz.”
Que hoy sea ese
día:
día de bajar el tono,
de reconocer la visita de Dios,
y de dejar que la paz empiece —de verdad— en nuestro corazón.

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