“La Corona del Amor: Una Reflexión para Cristo Rey”

 

La Corona del Amor

Una reflexión para la Solemnidad de Cristo Rey

Apocalipsis 21:1–5, 6–7  / 1 Tesalonicenses 4:13–18 |   Mateo 5:1–12



Celebrar a Cristo Rey siempre nos invita a mirar dos imágenes que parecen contradecirse: por un lado, la realeza que evoca majestad, poder y gloria; por otro, la cruz, lugar de vulnerabilidad, silencio y aparente derrota.
Y sin embargo, es precisamente allí —en la cruz— donde Cristo revela su verdadera corona: la corona del amor.

Creer en un Dios crucificado no es fácil. No encaja en nuestras lógicas humanas. Los reyes de este mundo usan tronos altos, cetros brillantes, emblemas de poder. Pero el Rey del Evangelio se nos presenta clavado en un madero, entre criminales, abandonado y aparentemente vencido.

Y, aun así, allí reina.

San Pablo lo dijo sin suavizarlo: “Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para unos y locura para otros.”
Quizás porque hemos visto la cruz toda la vida, ha perdido para nosotros su impacto… pero la verdad es que todo se decide allí:
es el lugar donde Dios se deja ver tal como es.


El Rey que no se baja de la cruz

Muchas veces, sin darnos cuenta, tratamos de imaginar a Cristo de una manera más cómoda: coronas brillantes, mantos hermosos, tronos dorados. Son imágenes bellas, y pueden ayudarnos.
Pero también pueden alejarnos del misterio profundo del Evangelio:
Cristo reina no porque baja de la cruz, sino porque se queda en ella por amor.

Recuerdo una historia que siempre me conmueve. Un sacerdote visitaba con frecuencia a un hombre muy enfermo. Lo veía orar en silencio. Un día le preguntó:
—“¿Le pides mucho a Dios que te cure?”
El hombre sonrió y respondió:
—“Padre, ya no le pido que me quite la cruz… le pido que la camine conmigo. Si Él está conmigo, ya estoy salvado.”

Cuando murió, su familia le dijo al sacerdote: “Nunca lo vimos con tanta paz como cuando rezaba. Se fue de este mundo tranquilo, acompañado.”
Había encontrado a Cristo en el lugar donde muchos no queremos mirar: en la cruz. 


Cuando la cruz revela el Reino

Hoy existen formas de cristianismo que evitan hablar de la cruz porque parece algo triste, débil o derrotista. Prefieren un Cristo motivador, empresario del éxito, siempre victorioso según criterios humanos.
Pero un cristianismo sin cruz es un cristianismo sin Cristo.

La razón por la que la Iglesia insiste tanto en mirar al Crucificado es simple y profunda:
allí Dios muestra su corazón.

Allí, donde el mundo ve fracaso, Él muestra victoria.
Allí, donde hay dolor, Él siembra esperanza.
Allí, donde reina el silencio, Él pronuncia amor.
Allí, donde todo parece perdido, Él nos abre el Paraíso.

Como el buen ladrón, que en el momento más oscuro vio lo que nadie más vio:
un Rey que lo miraba con misericordia.
Por eso Jesús le respondió:
“Hoy estarás conmigo en el Paraíso.”


La corona que Él lleva hoy

Al cerrar el año litúrgico, esta solemnidad nos recuerda que Cristo sigue siendo Rey, pero no según nuestros criterios de poder.
Su corona es de amor.
Su trono es la cruz.
Su fuerza es la entrega.
Su victoria es el perfume suave de un amor que nunca se retira.

Que miremos hoy a Cristo Rey así:
no sólo cuando brilla,
sino también cuando ama desde la herida.
Porque quien aprende a inclinarse ante Cristo crucificado
nunca se inclinará ante ningún falso dios.

Esa es la corona del amor.
Esa es la corona de nuestro Rey.
Amén.

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