“Gracias… pero no así”

 

“Gracias… pero no así”



Hermanos y hermanas,

Hoy celebramos el Día de Acción de Gracias. Un día que este país ha consagrado a la gratitud, a la familia, a detenerse y reconocer los dones de Dios. Pero quiero comenzar diciendo algo con toda sinceridad pastoral:

Este año cuesta mucho decir “gracias”.
Cuesta porque nuestra comunidad está herida.
Cuesta porque hay familias rotas, quinceañeras canceladas, niños que se quedaron sin papá o sin mamá esta misma semana.
Cuesta porque estamos viviendo un acoso brutal, desproporcionado e inhumano contra los migrantes en Cheyenne.

Y es imposible —humanamente imposible— levantar una oración de gratitud sin primero llorar con quienes hoy están viviendo miedo, persecución y separación.

Y sin embargo, hermanos… es justamente aquí donde las lecturas y la historia de esta celebración nos confrontan.


El verdadero origen de Acción de Gracias: migrantes hambrientos y una tribu misericordiosa

Nos han contado que Thanksgiving nació de una cena bonita entre colonos e indígenas. Pero lo que no siempre se dice es que los peregrinos eran migrantes, extranjeros recién llegados, sin papeles, sin permiso, sin tierra, sin idioma…
y —al igual que muchos de ustedes— morían de hambre.

El primer invierno se llevó a la mitad.
Eran forasteros, vulnerables, sin nada propio.
Gente que probablemente habría muerto entera…

si no fuera por la misericordia de una tribu indígena, los Wampanoag.

Fueron ellos —la gente de esta tierra— quienes vieron el sufrimiento de esos extranjeros y dijeron:

“Los ayudaremos. Los enseñaremos a sembrar, a pescar, a vivir.”

Fue ese gesto de compasión hacia migrantes vulnerables lo que hizo posible el primer Thanksgiving.
No fueron leyes duras.
No fueron redadas.
No fueron jaulas ni deportaciones.

Fue misericordia.

Entonces pregunto con el corazón en la mano:

¿Podemos celebrar Acción de Gracias ignorando que esta fiesta nació de un acto de misericordia hacia migrantes?
¿Podemos dar gracias mientras nuestros propios hermanos son perseguidos y arrancados de sus familias?

Esta celebración —cuando se entiende de verdad—
no nos invita a cerrar los ojos,
sino a abrirlos.


 Las lecturas de hoy nos hablan del mismo tema

1. “Que el Señor nos conceda un corazón alegre.” (Sirácida 50)

El Sirácida dice:

“Que el Señor nos conceda un corazón alegre… que haga reinar la paz… que confiemos en su misericordia.”

Pero la alegría verdadera no puede nacer de un país que humilla, persigue y divide familias.
La alegría y la paz solo nacen donde reina la misericordia.

2. “Doy gracias por la gracia que han recibido.” (1 Corintios 1)

San Pablo da gracias… ¿por qué?
Por la gracia que está en la comunidad.

Y aquí está lo más profundo:
Pablo no agradece circunstancias perfectas.
Agradece que, a pesar de dificultades, Cristo está presente en su pueblo, dándoles palabra, sabiduría, fortaleza, perseverancia.

Hermanos:

Hoy damos gracias no porque todo esté bien —porque no lo está—
sino porque Dios sigue acompañando a su pueblo migrante.

Él no abandona a quienes son perseguidos.
Él no se avergüenza de quienes viven con miedo,
ni se esconde de quienes claman justicia.

Como decía Pablo:

“Dios es fiel.”

3. El samaritano agradecido (Lucas 17, 11-19)

Y llegamos al Evangelio.

Jesús sana a diez leprosos…
pero solo uno regresa a dar gracias.
¿Y quién es?
Un samaritano. Un extranjero. Un marginado. Un no-ciudadano.

El único que vuelve a agradecer es el que sabe lo que es vivir excluido.

Jesús no exalta a los nueve que se sienten con derecho.
Exalta al que viene desde la vulnerabilidad.

Y les dice una frase que resuena hoy con fuerza:

“Tu fe te ha salvado.”

Hoy el rostro agradecido del samaritano

lo veo en las familias que, aun perseguidas, siguen viniendo a misa.
Lo veo en los que siguen trayendo a sus hijos a catequesis.
Lo veo en los que trabajan, sirven, cocinan, ayudan, aunque haya miedo.
Lo veo en cada migrante que sigue confiando en Dios aun cuando el sistema parece no confiar en ellos.


¿Cómo dar gracias hoy?

Hoy no podemos decir “gracias” como si nada estuviera pasando.
Hoy no podemos fingir que esta celebración nació del patriotismo o de un banquete bonito.

Thanksgiving nació del gesto de una comunidad que decidió tener misericordia con migrantes que estaban muriendo.

Este país necesita recordar eso.
Nosotros también.

Así que hoy, si vamos a dar gracias, que sea así:

  • Gracias, Señor, por sostener a las familias que sufren.
  • Gracias por los que muestran misericordia cuando las leyes no la muestran.
  • Gracias por las comunidades que abren sus puertas y su corazón.
  • Gracias por la fe de nuestro pueblo migrante, que no se rinde.
  • Gracias porque tú, Dios de Israel, Dios de los migrantes, Dios de los que huyen, no abandonas a tu pueblo.


Una acción de gracias verdadera

Hoy Acción de Gracias no puede ser una mesa llena de comida mientras nuestros hermanos están siendo llevados en camionetas sin saber si volverán a ver a sus hijos.
Eso no es Thanksgiving.
Eso no honra su origen.
Eso no honra a Dios.

Pero sí podemos hacer una cosa:

Convertir este día en un acto de solidaridad, de oración, de memoria, de unidad, y de defensa de la dignidad humana.

Ser como los Wampanoag.
Ser como el samaritano.
Ser como Jesús.

Entonces sí podremos decir, con verdad:

“Bendeciré al Señor eternamente.”
Porque Él sigue haciendo maravillas en su pueblo, incluso en medio del dolor.

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