Encontrados en la Balanza del Corazón
La lectura de Daniel 5, 1-6. 13-14. 16-17. 23-28 nos presenta una de las escenas más sorprendentes de la Escritura. El rey Baltasar celebraba un gran banquete con mil de sus nobles. Había música, abundancia y vino; parecía simplemente una fiesta más. Pero en medio de la celebración ocurrió algo que alteró todo: Baltasar mandó traer los vasos consagrados del Templo de Jerusalén, aquellos que su padre Nabucodonosor había llevado, y los utilizó para beber, brindar y alabar a dioses de oro y de plata.
Ese gesto
de irreverencia y desprecio por lo sagrado encendió la alarma del cielo. Por
eso el texto dice que, de repente, aparecieron los dedos de una mano humana que
escribían en el muro del palacio, mientras el rey quedaba paralizado por el
miedo. Más tarde, cuando llaman a Daniel, él interpreta la inscripción y
anuncia la sentencia: “Has sido pesado en la balanza y hallado falto.” El
problema no era la fiesta, ni la alegría, sino el desprecio por lo que es
sagrado. Baltasar no solamente usó objetos consagrados para un uso profano;
también había olvidado el sentido de Dios, había levantado su mano contra el
Señor del cielo. Y por eso su reino se derrumba esa misma noche.
Esta escena
antigua tiene algo que decirnos hoy. No tenemos vasos de oro del Templo de
Jerusalén, pero sí tenemos cosas sagradas que pueden ser tratadas con ligereza:
un templo, una cruz, un rosario, una imagen que es signo de consuelo, una
oración sencilla de alguien que sufre. A veces lo sagrado es despreciado con
burla; otras, con indiferencia; y otras, simplemente con rutina. Pero cada vez
que trivializamos lo sagrado en los demás, algo dentro de nosotros se apaga.
Respetar lo
sagrado, aunque no sea mío, no me hace menos libre; me hace más humano.
Reconocer que algo es de Dios para el otro me ayuda a cuidar lo que es de Dios
dentro de mí. Y así como Baltasar fue pesado en la balanza, también nosotros
somos medidos, no por la apariencia externa, sino por la disposición interior
del corazón.
Hoy la
Palabra nos invita a preguntarnos: ¿estoy tratando con ligereza lo que Dios
considera sagrado?, ¿he perdido el respeto por los sacramentos, por la oración,
por la Eucaristía?, ¿valoro lo sagrado en la vida de los demás, incluso si no
es parte de mis costumbres?, ¿cómo me encontraría el Señor si pesara hoy mi
vida en su balanza?
Baltasar
perdió su reino porque perdió el sentido de lo sagrado. Nosotros podemos
recuperar el nuestro —nuestra paz, nuestro interior, nuestro equilibrio— cuando
volvemos a honrar lo que es santo. Pidamos a Dios un corazón capaz de reconocer
su presencia, un corazón sensible a lo sagrado, un corazón que no se acostumbra
ni se endurece. Que Él nos encuentre llenos, y no faltos, cuando ponga nuestra
vida en su balanza.

Comentarios
Publicar un comentario