Cuando las estructuras humanas se derrumban, Cristo sigue siendo nuestro fundamento
Domingo
XXXIII del Tiempo Ordinario
Cuando se
derrumbaron las Torres Gemelas el 11 de septiembre, parecía imposible que algo
pudiera sobrevivir. Todo era polvo, metal retorcido y silencio. Pero entre los
escombros, los rescatistas encontraron algo inesperado: dos vigas de acero
entrecruzadas formando una cruz. No fue construida ni colocada allí;
simplemente quedó así después del colapso. En medio del caos, aquella cruz
emergió como un recordatorio silencioso de que, aunque las obras humanas
caigan, la esperanza no se derrumba.
Con esa
imagen en el corazón, escuchamos hoy a Jesús hablar del templo de Jerusalén:
“No quedará piedra sobre piedra.” No era un ataque contra el templo, sino
contra la falsa seguridad. El Señor nos recuerda que todo lo que es obra humana
—por más bello, firme o grandioso que parezca— puede caer en un instante. Los
templos caen. Las torres caen. Los sistemas fallan. Nuestros planes, proyectos
y seguridades pueden derrumbarse sin aviso.
Pero así
como aquella cruz apareció en medio del colapso, el Evangelio nos enseña que lo
que no se viene abajo es Cristo. Cuando todo falla, Él permanece. Cuando todo
se quiebra, Él sigue firme. Cuando la vida pierde estructura, Él se vuelve
nuestro verdadero fundamento. La cruz de Ground Zero no era un triunfo del
acero; era un anuncio del Evangelio: cuando no queda piedra sobre piedra,
Cristo sigue en pie.
Cuando
Jesús contempló el esplendor del templo, pronunció una frase devastadora para
quienes creían que su fortaleza garantizaba la salvación: “Esto que contemplan
desaparecerá.” Su mensaje es claro: todas las seguridades humanas son
pasajeras. El Evangelio rompe la tentación de apoyarnos en lo que construimos,
como si la salvación dependiera de nuestras obras o tradiciones. Todo eso puede
caer; lo que no se derrumba es la fe anclada en Cristo.
Y su
profecía se cumplió. En el año 70, el ejército romano destruyó por completo el
templo. Fue un golpe mortal para la identidad religiosa de Israel. Sin embargo,
entre esas ruinas nació una comprensión más profunda: Dios no habita en
edificios, sino en el corazón que lo busca. Lo que cayó fue la estructura; lo
que surgió fue la certeza de que Cristo es el verdadero templo, y en Él cada
creyente es piedra viva.
La liturgia
de este domingo recuerda que la historia humana también tendrá un final, un
juicio, un momento en que el mal será vencido. “El día que viene los consumirá
como paja”, dice Malaquías. No es un mensaje de miedo, sino de responsabilidad.
Todos contribuimos, de algún modo, al mal del mundo; por eso nadie puede
sentirse satisfecho con su vida espiritual. El Evangelio nos llama a la
conversión diaria, más atentos a la voz del Señor que a los signos externos.
Los
discípulos preguntan: “¿Cuándo ocurrirá esto?” Jesús no da fechas; quiere
preparar el corazón. San Agustín lo explica así: “Se nos ocultó la hora para
que seamos fieles todos los días.” La vida cristiana no consiste en predecir el
fin, sino en ser fiel hoy. Jesús no pide cálculos, sino perseverancia.
Por eso
afirma: “Con su perseverancia salvarán sus almas.” No es la perfección lo que
nos salva, sino la fidelidad. Perseverar es mantenerse de pie incluso cuando
todo alrededor cae; es seguir creyendo, amando y orando aun sin ver resultados.
Cuando las estructuras humanas se derrumban, Cristo sigue siendo nuestro
fundamento. Y sobre Él, siempre podemos volver a empezar.

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