Cuando la vida te habla
Todos entendemos lo
que significa que una persona nunca haya aprendido a leer. Una persona
analfabeta enfrenta muchas limitaciones: no puede defenderse ante un documento,
se pierde señales importantes y depende de otros incluso para las cosas más
sencillas. En el mundo de hoy existen muchas nuevas formas de analfabetismo: el
analfabetismo tecnológico, cuando no sabemos usar herramientas esenciales; el
analfabetismo político, cuando no comprendemos cómo se toman las decisiones que
afectan nuestra vida; y el analfabetismo emocional, cuando no sabemos
interpretar lo que sentimos. Pero hay una forma de analfabetismo más profunda y
más peligrosa que todas estas: el analfabetismo espiritual.
El analfabetismo
espiritual no es simplemente no saber orar o no conocer la Biblia de memoria.
Es algo mucho más serio: es no saber interpretar la vida con los ojos de Dios.
Es mirar el mundo sin la luz del Evangelio. Aparece cuando no reconocemos la
acción de Dios en la historia, cuando vemos problemas pero no la guía ni la
invitación de Dios. Aparece cuando confundimos ideología con fe, aferrándonos a
discursos políticos que suenan “cristianos” pero contradicen el Evangelio.
Aparece cuando no distinguimos lo esencial de lo secundario, cuando lo urgente
devora lo verdaderamente importante. Aparece cuando confundimos emociones con
voluntad de Dios, creyendo que una opinión fuerte es el Espíritu, o que un
miedo es un “signo”. Y aparece cuando interpretamos la vida solo desde lo
humano; y cuando hacemos eso, todo se vuelve oscuro, pesado y sin esperanza.
En palabras
sencillas, el analfabetismo espiritual es la incapacidad de leer la voz de Dios
en lo que está ocurriendo. Y cuando una sociedad pierde esa capacidad de
lectura espiritual, también pierde su dirección moral. Por eso la historia ha
visto aparecer modelos políticos que parecían atractivos, o incluso “más
cristianos que la Iglesia”, modelos que prometían justicia o igualdad pero
dejaron a Cristo por fuera. Y cuando los seres humanos intentan aplicar valores
del Evangelio sin Cristo, sin verdad, sin dignidad y sin libertad, los
resultados son siempre los mismos: migraciones masivas, colapso social, pobreza
extrema, persecución sistemática, familias destruidas y vidas inocentes
perdidas. Muchas de las crisis humanitarias que hoy obligan a pueblos enteros a
huir nacieron de ideologías que prometieron un paraíso y entregaron
sufrimiento. Por eso es necesario volver a Cristo si queremos leer con verdad
los signos de la historia.
Y aquí es donde el
Evangelio de hoy nos habla. Jesús dice que así como sabemos que el verano está
cerca cuando los árboles echan brotes, también debemos aprender a leer los
signos de Dios en nuestra vida, en la sociedad y en los acontecimientos de
nuestro tiempo. Pero si somos analfabetos espirituales, no podemos leer nada.
Vemos los hechos, pero no el mensaje; la crisis, pero no la invitación; la
injusticia, pero no el clamor que Dios quiere que escuchemos; la violencia,
pero no el llamado a la conversión. Jesús no quiere que predigamos el futuro.
Quiere que despertemos.
Y lo digo con
humildad: he visto cómo un cristiano que no sabe leer espiritualmente la
realidad termina defendiendo posturas políticas que contradicen el Evangelio:
posturas que debilitan la dignidad humana, modelos que generan migración
forzada, sistemas que llaman “bien” a lo que es malo y “malo” a lo que es
bueno, propuestas que aparentan ayudar a los pobres pero terminan robándoles la
esperanza. Cuando perdemos la lectura espiritual, perdemos la brújula.
La vida siempre
habla. La historia siempre habla. Dios siempre habla. La pregunta no es si Dios
se comunica, sino si nosotros sabemos leerlo. Hoy Jesús nos invita a abrir los
ojos, a aprender a leer los signos de los tiempos y a descubrir que el Reino de
Dios está cerca, incluso hoy.

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