Conquistar el mundo sin amar lo pasajero
(1 Jn 2:12–17 / Lc 2:36–40)
San Juan hace una afirmación sorprendente:
“Ustedes han vencido al Maligno.”
No se lo dice a héroes visibles, sino a cristianos comunes. Y enseguida aclara que esta victoria no consiste en poseer el mundo, porque “el mundo y sus seducciones pasan”.
El problema no es vivir en el mundo, sino absolutizarlo, dejar que dicte lo que es importante. Por eso San Juan nos recuerda que la verdadera fuerza del cristiano no está en lo que tiene, sino en que la Palabra de Dios permanece en él.
El Evangelio nos muestra esta verdad de forma concreta. Ana no vence al mundo escapando de él, sino permaneciendo fiel. En silencio, en oración, en espera perseverante, ella no se deja definir por lo pasajero. Y por eso es capaz de reconocer al Mesías cuando llega.
A lo largo de los años, como sacerdote, he visto esta misma victoria silenciosa en familias de nuestra parroquia. Recuerdo una en particular, muy sencilla, pero con criterios claros. Tenían posibilidades, podían dar a sus hijos muchas cosas, y sin embargo más de una vez los escuché decir con paz: “No todo se compra.”
No era una negativa dura, sino una enseñanza. Enseñaban a sus hijos a esperar, a agradecer, a no compararse. También los vi tomar decisiones donde el éxito o el dinero no justificaban cualquier cosa. La familia, la conciencia y la fe tenían prioridad.
Y algo me impresionó siempre: la fe no era negociable, pero tampoco forzada. El domingo estaba cuidado, la oración era natural, Dios no competía con la vida cotidiana, sino que la sostenía.
Ahí comprendí algo muy claro: la fe se transmite menos por discursos y más por decisiones. Así se vence al mundo, no con gestos espectaculares, sino con una fidelidad cotidiana que forma el corazón.
Por eso, en esta Octava de Navidad, recordamos que Cristo entra en el mundo, pero no adopta sus lógicas. Lo eterno entra en lo cotidiano, pero no se confunde con lo pasajero.
Y esa es también nuestra llamada: vivir en el mundo, amar en el mundo, trabajar en el mundo…
sin dejar que el mundo se convierta en nuestro señor.
La verdadera victoria no es tenerlo todo,
sino vivir de tal manera que nada nos quite a Dios.

Comentarios
Publicar un comentario